En un bosque lleno de árboles altos y hojas verdes, vivía un pequeño conejo llamado Tito. Tito era muy curioso. Siempre saltaba de aquí para allá, olfateando y mirando todo a su alrededor. Pero un día, Tito descubrió algo increíble. ¡Su amigo, el pato Pepe, podía hablar!
"Hola, Tito", dijo Pepe con su voz divertida y ronca. Tito abrió mucho los ojos y movió las orejas con sorpresa. "¡Pepe! ¡Tú puedes hablar!", exclamó Tito, dando un salto de emoción.
Pepe, con su pico amarillo y sus plumas suaves, sonrió. "Sí, Tito, puedo hablar. Y tengo una idea. Vamos a construir un castillo de zanahorias", dijo Pepe, moviendo sus alas con entusiasmo.
Tito se rascó la cabeza. "¿Un castillo de zanahorias? Eso suena divertido", dijo Tito, riendo.
Los dos amigos empezaron a buscar zanahorias. Tito saltaba y Pepe caminaba meneando sus plumas. Pronto, había un montón de zanahorias. Pero, ¡oh no! Las zanahorias empezaron a rodar colina abajo.
"¡Corre, Tito!", gritó Pepe, mientras las zanahorias rodaban detrás de ellos. Tito y Pepe corrían y reían. Las zanahorias se detuvieron en un gran montón al pie de la colina.
"Bueno, Tito, ahora tenemos una montaña de zanahorias", dijo Pepe, riendo. Tito también se rió. "¿Y ahora?", preguntó Tito, curioso.
"Ahora hacemos una fiesta de zanahorias", dijo Pepe, guiñando un ojo.
Los dos amigos se sentaron y comieron zanahorias hasta que la luna salió. Tito bostezó y Pepe lo siguió. "Es hora de dormir", dijo Tito.
"Sí, Tito. Mañana construiremos un castillo de nubes", dijo Pepe, cerrando los ojos.
Y así, bajo las estrellas, Tito y Pepe se durmieron, soñando con castillos y aventuras. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.