Un día, un niño llamado Lucas estaba en su casa. Era un niño muy curioso. Lucas miró debajo de la mesa. ¿Qué había allí? ¡Un calcetín! Pero no era un calcetín cualquiera. ¡Era un calcetín que bailaba!
“¡Hola, calcetín!” dijo Lucas, riendo.
“¡Hola, Lucas! ¡Vamos a bailar!” respondió el calcetín, moviendo sus costuras de un lado a otro.
Lucas no podía creerlo. “¡Un calcetín bailarín! ¡Esto es increíble!” Lucas empezó a saltar y a mover sus brazos. “¡Baila, calcetín! ¡Baila!”
El calcetín dio vueltas y más vueltas. “¡Soy el calcetín más feliz del mundo!” gritó. Lucas aplaudió. “¡Bravo, calcetín! ¡Eres muy divertido!”
De repente, el calcetín dijo: “¡Vamos a hacer una fiesta!” Lucas aplaudió otra vez. “¡Sí, fiesta!”
El calcetín empezó a saltar y a girar. “¡Fiesta, fiesta! ¡Todos a bailar!” Lucas también empezó a bailar. “¡Bailamos, calcetín! ¡Bailamos!”
Bailaron y bailaron, y el calcetín se puso a cantar: “¡La, la, la! ¡Bailamos sin parar!” Lucas se rió mucho. “¡Eres un calcetín muy divertido!”
Después de un rato, el calcetín dijo: “Es hora de descansar, Lucas.”
“¿Descansar?” preguntó Lucas, un poco confundido.
“Sí, descansar. Mañana bailaremos más,” respondió el calcetín.
“Está bien, calcetín. ¡Descansamos!” Lucas y el calcetín se sentaron en la alfombra.
“Buenas noches, Lucas,” dijo el calcetín.
“Buenas noches, calcetín,” respondió Lucas, sonriendo.
Y así, el niño y su calcetín bailarín se quedaron dormidos, soñando con nuevas aventuras y bailes divertidos.