En una isla lejana, donde siempre brillaba el sol, vivía un tricératops llamado Tito. Tito tenía tres grandes cuernos y una cresta fuerte. Tito era un dinosaurio feliz. Le gustaba caminar por la isla y ver las flores coloridas y las mariposas que volaban a su alrededor.
Un día, Tito escuchó un ruido extraño. "¿Quién está ahí?", preguntó Tito con curiosidad. De entre los arbustos salió un dinosaurio diferente. Era un pequeño estegosaurio llamado Estela. Tenía placas en la espalda que brillaban al sol.
"Hola, soy Estela", dijo el estegosaurio con una sonrisa. "¿Quieres jugar conmigo?"
Tito movió su gran cola y dijo: "¡Sí, juguemos!"
Tito y Estela corrieron por la isla. Pasaron por ríos brillantes y árboles altos. Saltaron sobre rocas y cantaron con los pájaros que volaban en el cielo azul.
"¡Mira, Tito!", dijo Estela, señalando un lago lleno de peces que saltaban. "¡Son tan divertidos!"
Tito rió. "Sí, Estela, son muy divertidos. Me gusta jugar contigo."
Mientras jugaban, vieron una cueva misteriosa. "Vamos a explorar", dijo Estela emocionada.
Dentro de la cueva, encontraron piedras que brillaban como estrellas. "Son hermosas", dijo Tito, tocando las piedras con sus cuernos.
"Esta isla es un lugar mágico", dijo Estela.
El sol comenzó a esconderse y el cielo se puso naranja. Tito y Estela se acostaron en el suelo suave. "Fue un buen día", dijo Tito.
"Sí, Tito", respondió Estela. "Mañana jugaremos más."
Los dos amigos se quedaron dormidos bajo el cielo estrellado, soñando con más aventuras en su isla mágica.