En la era de los dinos, el sol era suave. La hierba era alta. Un diplodoco se llamaba Dilo. Dilo tenía cuello largo y ojos buenos.
Dilo caminaba despacio. Sus patas hacían “pum, pum” en el suelo tibio. Cerca sonaba un río. El agua decía “shhh, shhh”.
Dilo vio una luz muy pequeñita sobre una piedra. Era una luz azul. La luz bailaba.
«Hola», dice Dilo.
«Hola», responde la luz. «Soy Luz. Vivo en el aire».
Dilo abre grande los ojos. «Eres muy bonita».
Luz gira y gira. «Te enseño un juego», dice.
Luz sube. Dilo mira arriba. Luz baja. Dilo baja su cuello. Luz va a la derecha. Dilo va a la derecha. Es un juego tranquilo.
De pronto, la luz se posa en una flor. La flor se cierra un poco, como si durmiera.
Dilo se acerca. «¿Está bien?», dice.
«Sí», responde Luz. «La flor tiene sed. Solo eso».
Dilo mira el río. Está cerca. Dilo toma agua con su boca. Camina un pasito. Deja caer agua en la flor. Plip, plip.
La flor se abre. Es amarilla. Huele rico.
«Gracias», dice la flor con voz bajita.
Dilo se ríe suave. «De nada», dice.
Luz hace una lluvia de puntitos de luz. Los puntitos caen en el pasto. El pasto brilla un momento, como un sueño.
Llegan dos dinos pequeños. Un triceratops y un anquilo. «Hola, Dilo», dicen.
«Hola», responde Dilo. «Miren. Luz juega con nosotros».
Los tres juegan: arriba, abajo, a un lado, al otro. Sus risas son suaves. El día pasa lento. El cielo se pone rosa.
Luz se acerca a Dilo. «Eres buen amigo», dice.
Dilo apoya su cola en el suelo. «Tú también», responde.
Esa noche, todos se tumban cerca del río. La luz azul queda con ellos, quieta y tibia.
Moraleja: Cuando ayudas con calma y cariño, el mundo se siente más bonito.