Había una vez un niño pequeño. Tenía el pelo suave y los ojos grandes. Se llamaba Nico. Un día, Nico salió al jardín. El sol estaba tibio, y el cielo, azul. Nico miró una hormiga. Caminaba despacio, llevaba una miguita. Nico preguntó: «¿A dónde vas, hormiguita?» La hormiga siguió, sin parar. Nico pensó: “La hormiga tiene trabajo. Yo también puedo ayudar”.
Nico vio una flor. Era amarilla y muy alegre. Nico sonrió. “Hola, flor”, dijo. La flor no contestó, pero bailó con el viento. Nico se rió. El viento soplaba suave, como una caricia. Nico levantó las manos. “¡Hola, viento!” El viento jugó con su pelo. Nico pareció volar, pero siempre con los pies en la hierba.
Nico encontró una piedrita. Era redonda, fría y gris. “¿Por qué eres gris, piedrita?” preguntó. La piedra no habló, pero estaba firme, tranquila. Nico pensó: “La piedrita es fuerte. Yo también puedo ser fuerte”.
Cerca, un caracol asomó sus cuernos. “Hola, caracol”, dijo Nico. El caracol avanzó muy lento. Nico lo miró y esperó. El caracol dejó una línea brillante. Nico pensó: “El caracol va despacio. Está bien ir despacio”.
Mamà llamó desde la puerta: “Nico, ven”. Nico fue corriendo, dejó la piedrita, saludó al caracol, a la flor y al viento.
En casa, Nico pensó en la hormiga, la flor, la piedra y el caracol. Miró por la ventana y sonrió. Todo en el jardín tenía su tiempo y su tarea. Nico se sintió feliz y tranquilo.
Siempre es bueno mirar, escuchar y aprender de todo lo pequeño y lo sencillo.