Había una vez, en un campo lleno de flores y mariposas, dos amigos llamados Ana y Leo. Ana tenía rizos dorados como el sol y Leo ojos brillantes como las estrellas. Un día, mientras caminaban, encontraron un pequeño charco de agua que brillaba bajo el cielo azul.
Ana miró el charco y dijo: «Mira, Leo, ¡es un espejo para las nubes!». Leo sonrió y respondió: «Sí, y también para los pajaritos que vuelan».
Los dos niños se sentaron junto al charco. Ana vio su reflejo y preguntó: «Leo, ¿por qué el agua nos muestra pero no nos toca?». Leo pensó un momento y dijo: «Quizás el agua es como un amigo que nos observa desde lejos».
Ana y Leo decidieron buscar piedritas para lanzarlas al charco. Cuando las piedritas caían, el agua hacía círculos que bailaban. Ana rió y dijo: «¡El agua está feliz de vernos!». Leo asintió y agregó: «Sí, y nos agradece con su danza».
Al caer la tarde, el sol comenzó a esconderse. Ana y Leo se levantaron y Ana dijo: «El charco se irá a dormir también». Leo respondió: «Sí, mañana volveremos para jugar».
Los dos amigos caminaron de regreso a casa, sintiéndose felices y tranquilos.
A veces, las cosas más simples pueden enseñarnos a ser felices con lo que tenemos.