Había una vez un pequeño lobo llamado Luno. Luno tenía ojos grandes como la luna y pelito suave como la nube. Cada mañana, Luno miraba el bosque. El bosque era verde, tranquilo y lleno de suspiros de viento.
Luno tenía una pregunta en su corazón:
—¿Por qué soy un lobo? —preguntaba siempre.
Un día, caminando entre los árboles, Luno encontró a un búho muy sabio. El búho tenía plumas de estrellas y ojos que brillaban como el sol.
—Hola, pequeño lobo —dijo el búho—. ¿Por qué tienes esa carita de pregunta?
Luno suspiró.
—Quiero saber por qué soy un lobo. ¿Por qué no soy como el río? ¿Por qué no soy una mariposa?
El búho sonrió.
—Eres un lobo porque el bosque te necesita como eres. El río baila, pero no aúlla a la luna. La mariposa vuela, pero no corre entre los árboles.
Luno pensó y miró sus patas.
—Pero yo quiero volar —dijo Luno, mirando una mariposa.
El búho bajó una rama.
—Todos tenemos algo especial. Tú tienes patas fuertes. Puedes correr y saltar. Puedes cuidar el bosque con tu voz.
Luno sonrió.
—¿Puedo cuidar el bosque?
—Sí —dijo el búho—. El bosque es un gran cuento. Cada uno tiene un papel.
Luno saltó y aulló.
—¡Auuu! ¡Soy Luno, el pequeño lobo del bosque!
Las hojas bailaron con el viento. La mariposa voló cerca de Luno.
—Eres bonito como eres —dijo la mariposa.
Luno se sintió feliz.
—Ser lobo es bueno —dijo.
El búho asintió despacio.
—La verdad está en tu corazón. Eres tú. Sé tú, pequeño lobo.
Desde ese día, Luno corrió, saltó y aulló. Cuidó el bosque. Fue amigo del río y de la mariposa. Y cada noche, miraba la luna, sabiendo que ser uno mismo es la mejor verdad.