Había una vez un niño pequeño, pequeño, de un año. Se llamaba Leo. Leo tenía la carita redonda como la luna y las manos suaves como nubes de algodón. Un día, Leo miró por la ventana y vio una mariposa. “¡Hola!”, dijo Leo. La mariposa movió sus alas. “Bzzz bzzz”, sonó. Leo sonrió.
Leo quería saber: “¿Dónde va la mariposa?” Siguió a la mariposa por el jardín. “Hop, hop”, caminó Leo. La mariposa voló cerca de una flor. Leo tocó la flor. “¡Achoo!” estornudó. La flor olía rico. Leo rió: “Jejeje”.
La mariposa siguió volando. Leo miró arriba. El sol brillaba. “¡Guau!”, dijo Leo. El sol era grande y calentito. Leo levantó las manos al cielo. “¡Hola, sol!” El viento sopló despacito. “Fiuuu”, sonó. Leo sintió cosquillas en la cara.
De pronto, Leo vio una piedra. “Toc-toc”, tocó la piedra. Era dura y fría. Leo puso su mano encima. La mariposa se posó en la piedra. Leo pensó: “La piedra no vuela. La mariposa sí.” Miró a la mariposa y preguntó: “¿Por qué vuelas?” La mariposa solo dijo: “Bzzz bzzz”.
Leo se sentó en el césped. Miró el jardín. Todo era bonito. El sol, la mariposa, la flor, la piedra. Leo abrazó sus rodillas y cerró los ojos. “Mmm”, susurró. Se sintió feliz.
Mamá llamó: “¡Leo, ven!” Leo fue corriendo. “Tac-tac, tac-tac.” Se sentó en sus brazos. Mamá sonrió. Leo sonrió también.
A veces, solo mirar y escuchar es muy bonito.
Siempre hay algo bueno y suave para descubrir cerca de nosotros.