Luna es jugadora de fútbol. Hoy juega de tarde. En casa, se pone sus medias. Se ata los cordones. Da dos palmas. “¡Vamos!”, dice.
En el campo la hierba es suave. El sol baja despacio. Luna saluda con la mano. “Hola, equipo”, dice. Sus amigas ríen. La entrenadora trae un balón redondo. “Este balón se cuida”, dice.
Luna calienta. Camina, trota, salta. Mueve los brazos. Respira. “Así el cuerpo se despierta”, dice Luna. Luego toca el balón con el pie, muy suave. Pum, pum. “Primero suave”, dice.
Empieza el juego. Luna mira. Pasa el balón. “Toma”, dice. Su amiga Ana lo recibe. “Gracias”, responde. Luna aprende: una jugadora no juega sola. Pasa y ayuda.
Un niño pequeño en la grada aplaude. Luna le guiña un ojo. El juego sigue. Una vez, el balón rueda fuera. Nada pasa. Luna lo recoge. “Aquí está”, dice. Lo da a la otra jugadora. “Gracias”, responde la otra. Eso es juego limpio.
Luego, una amiga se cae. Solo un poco. Luna se acerca. “¿Bien?”, dice. La amiga se levanta. “Bien”, responde. Luna le da la mano. La entrenadora sonríe.
Luna también aprende del portero. El portero usa guantes. “Las manos paran el balón”, dice el portero. Luna asiente. “Y los pies pasan”, dice Luna.
Al final, el silbato suena. Fin. Las jugadoras chocan las manos. “Buen juego”, dice Luna. Beben agua. Guardan el balón. Luna vuelve a casa, tranquila. Se mete en la cama. Cierra los ojos. Piensa en pases, en risas, en manos amigas.
Mañana, Luna jugará otra vez, con calma y con corazón.
Moraleja: En el fútbol, compartir, ayudar y ser amable hace el juego más feliz.