En un día soleado, un jugador de fútbol llamado Pablo caminaba por el parque. Su camiseta era roja y sus zapatillas brillaban. Pero Pablo no sonreía. Había perdido un partido importante. "Oh, qué triste estoy", decía Pablo, con voz suave.
De repente, un niño pequeño, llamado Miguel, se acercó. "¡Hola, Pablo! ¿Por qué estás triste?", preguntó Miguel, con ojos grandes y curiosos.
Pablo suspiró. "Perdí un partido, Miguel. Pero el fútbol es mi pasión. Me encanta jugar, correr y hacer goles".
Miguel sonrió. "¡Yo también quiero jugar! ¿Cómo se hace?", preguntó emocionado.
Pablo se agachó y le dijo: "Primero, hay que practicar. Correr, patear y, sobre todo, divertirse. A veces se gana, a veces se pierde, y eso está bien".
Miguel asintió. "¿Y te diviertes siempre?", preguntó.
"¡Sí!", respondió Pablo riendo. "Incluso cuando pierdo, sigo amando el juego. El fútbol es alegría".
Miguel sonrió. "¡Quiero ser como tú! Jugar y divertirme".
"¡Claro que sí!", dijo Pablo. "Siempre sigue tu sueño y juega con alegría".
Y así, Pablo y Miguel jugaron juntos en el parque, riendo y corriendo. La tristeza se fue y la alegría llegó. ¡El fútbol es para todos!