Había una vez un niño llamado Lucas. Lucas tenía cuatro años. Le encantaba la primavera. Las flores florecían y el sol brillaba. Pero lo que más le gustaba era ¡la Pascua!
Un día, su mamá le dijo: “¡Lucas, hoy vamos a preparar la Pascua!” Lucas saltó de alegría. “¡Sí, sí!” gritó. Mamá le dio una caja. “Es una sorpresa.”
Lucas abrió la caja. ¡Había huevos de colores! Rojo, azul, amarillo y verde. “¡Vamos a decorarlos!” dijo mamá. Lucas sonrió. “¡Yo quiero pintar el rojo!”
Lucas pintó el huevo rojo. “¡Es hermoso!” dijo él. Luego, pintó el huevo azul. “¡Y este también!”
Mientras pintaban, mamá le contó sobre el conejo de Pascua. “Dicen que el conejo trae huevos.” Lucas preguntó: “¿De verdad? ¿Dónde está?”
Mamá rió y dijo: “Viene en la noche. Debemos prepararnos.” “¿Prepararnos cómo?” preguntó Lucas.
“Con un paseo por la ciudad. ¡Hay mucha alegría por Pascua!” Lucas estaba emocionado. “¡Vamos!”
Fueron a la plaza. Había un mercado. Había globos, flores y muchas personas sonriendo. Lucas vio un gran conejo de peluche. “¡Mira, mamá!” gritó. El conejo le guiñó un ojo.
Al final del día, Lucas estaba cansado pero feliz. “Hoy fue divertido, mamá.”
“Sí, mi amor. Mañana será especial también,” respondió mamá. Lucas sonrió y cerró los ojos. Soñó con huevos, conejos y mucha alegría. ¡Era la magia de la Pascua!