Lila, la conejita de algodón, se despertó en su cestita. El sol hacía luz dorada. En el aire olía a pan dulce. “¡Pascua!”, dijo Lila. “¡Hop, hop!”
En la mesa había huevos blancos. Lila tocó uno con su patita. “Toc-toc”, sonó suave. De pronto, una chispa de colores saltó: ¡pim! El huevo brilló como un caramelo.
Llegó Pipo, un pollito amarillo. “Pío, pío”, dijo. “¿Pintamos?”
“Sí”, respondió Lila. “Con calma.”
También vino Nube, una ovejita redonda. Traía un pañito limpio. “Mmm”, dijo feliz. Y detrás, Caracol Tito: “Plip, plip”, hizo con su baba brillante, como purpurina.
Pipo mojó su pico en pintura roja. “Tap-tap”, pintó puntitos. Lila pintó rayas verdes: “zip-zip”. Nube hizo un corazón azul: “plaf”. Tito dejó un camino dorado: “ssss”.
Un huevo rodó despacito. “Ruuum”, se fue al borde de la mesa. Lila lo abrazó rápido. “Ya está”, dijo. Pipo lo sostuvo con sus alitas. Nube lo secó. Tito sonrió: “¡Bien!”
Cuando todos los huevos tuvieron color, el cuarto se llenó de luz. Los huevos parecían pequeñas luces de fiesta. Lila los puso en el cesto. “Uno, dos, tres”, contó.
En el suelo, unas flores de papel esperaban. “¡Sorpresa!”, dijo Pipo. Dentro de cada flor había una almendra dulce. “Ñam, ñam”, dijo Nube. Lila dio un mordisquito: “crac”.
Luego cantaron bajito: “la-la-la”. Afuera, las campanas sonaron “ding-dong”. La Pascua quedó suave, brillante y feliz.
\nMoral: Cuando pintamos y cuidamos juntos, la alegría crece despacito y se comparte.