Había una vez un dragón pequeño. Vivía en una casa de florecitas. Su piel era suave. Le gustaba el sol. Le gustaba la lluvia. Le gustaba reír.
Llegó la mañana de Pascua. El dragón se despertó contento. "Hoy es día de color", dijo. Saltó de su cama. Fue al jardín. El jardín olía a miel y a pasto. Había flores en fila. Mariposas volaban. Todo era luz.
El dragón tomó un huevo. No era huevo de verdad. Era un huevo de madera. Lo pintó con canto. Pintó rayas. Pintó lunares. Pintó un sol. Usó rojo, azul, amarillo y verde. Cada trazo era un canto. Cada color hizo un beso al huevo.
Luego hizo una canasta. La canasta era tibia. La llenó de hojas y flores. Puso dentro los huevos. Los huevos brillaban. Brillaban como pequeñas estrellas.
El dragón llamó a sus amigos. Vino un pajarito. Vino una tortuga. Vino una oveja. Vino una ardilla. Todos vinieron con sonrisas. "¿Jugamos?" dijo el dragón. "Sí", dijeron.
Hicieron un juego suave. Escondieron huevos entre las flores. La tortuga miró lento. El pajarito voló y señaló. La oveja olfateó y encontró uno. La ardilla dio saltos alegres. El dragón buscó con cuidado. Encontró un huevo azul. Dijo "¡qué bonito!" y lo abrazó con sus pequeñas patas.
Después comieron pan dulce. Bebieron leche de flores. Bailaron despacio al sol. Cantaron una canción de Pascua. Las notas eran suaves. Todos se tomaron de las manos. O mejor, se tomaron de las alas, las patas y la cola.
Al caer la tarde, encendieron una luz pequeña. La luz era una luna de papel. Miraron los huevos otra vez. Parecían mascotas felices. Cada uno dijo gracias. Nadie se fue lejos. Todos volvieron a casa juntos.
El dragón se acurrucó. Miró su huevo favorito. Sonrió. Cerró los ojos. Soñó con colores y amigos.
La Pascua es un día para compartir colores y sonrisas.