Había una vez una niña pequeña llamada Lucía. Lucía tenía tres años y le gustaba mirar las nubes por la ventana. Un día, mientras jugaba con su osito de peluche, vio algo brillante en el rincón de su habitación. Era una puerta pequeña, redonda y azul, que nunca había visto antes.
Lucía se acercó despacito con su osito. Tocó la puerta con un dedo. La puerta se abrió suavemente, como si la estuviera esperando. Lucía miró dentro y vio luces de colores que giraban y bailaban. Tenía un poco de curiosidad, pero no miedo. Agarró fuerte a su osito y entró.
Por dentro, la puerta era un túnel suave y cálido. Lucía caminó y caminó. Escuchaba un zumbido suave, como el ronroneo de un gatito. El suelo era blandito, como una nube. Lucía reía y su osito también. De pronto, al final del túnel, apareció otra puerta. Era una puerta amarilla.
Lucía la empujó despacito. Salió y se encontró en un lugar muy distinto. El cielo era de color naranja y los árboles tenían hojas azules. Había niños y niñas jugando con pelotas de luz. Lucía se asombró. “¡Hola!” gritó una niña con coletas largas. “¿Cómo te llamas?”
“Me llamo Lucía”, respondió ella, abrazando a su osito.
“Ven a jugar”, invitó la niña de coletas. Lucía fue corriendo. Las pelotas de luz rebotaban muy alto y hacían música al caer. Lucía se reía y saltaba. Después de un rato, Lucía miró a su alrededor. Todo era bonito, pero algo le parecía diferente.
Entonces, escuchó una voz suave. “Este lugar es el pasado, Lucía. Aquí todo es nuevo y antiguo a la vez.” Lucía miró a su osito. “¿Tú también oíste eso?” preguntó bajito.
El osito no habló, pero le sonrió con sus ojitos de botón.
Lucía pensó que el pasado era divertido, pero también echaba de menos a su mamá y su papá. Así que buscó la puerta por donde había llegado. Pero la puerta no estaba. Lucía se preocupó un poquito. Se sentó bajo un árbol de hojas azules y acarició a su osito.
“¿Qué hago ahora?”, susurró.
De pronto, una mariposa verde voló cerca de ella. “Sigue jugando y espera un poco, Lucía”, decía la mariposa, moviendo sus alas brillantes. “A veces, cuando esperamos con paciencia, las cosas buenas llegan.”
Lucía sonrió. Decidió jugar un poco más. Corrió con los niños, saltó y bailó. Contó piedras de colores. Miró los pájaros que cantaban melodías suaves. Poco a poco, Lucía se sintió tranquila y feliz.
Después de un rato, mientras recogía unas flores de pétalos dorados, vio una puerta roja entre los árboles. Era diferente a las anteriores. Lucía fue despacito. “Gracias por jugar conmigo”, dijo a los niños. “Adiós, Lucía”, respondieron ellos, sonriendo.
Lucía abrió la puerta roja. Al otro lado, el aire olía a galletas recién horneadas. Lucía entró y vio su casa, pero todo era un poco distinto. Había robots pequeños que barrían el suelo y plantas que cantaban suavemente. Lucía se dio cuenta: “¡Este es el futuro!”
En el futuro, los niños jugaban con bloques que flotaban en el aire. Había bicicletas que volaban bajito y perros robot que movían la cola. Una niña del futuro le ofreció un bloque flotante. “¿Quieres probar?” preguntó.
Lucía subió al bloque. Flotó despacito, como una pluma. Se rió mucho. El osito también estaba feliz. Pero pronto, Lucía pensó en su mamá y su papá. “Quiero volver a mi casa”, dijo.
La niña del futuro le sonrió. “Cuando quieras regresar, solo tienes que buscar la puerta azul y decir ‘ahora'.”
Lucía bajó del bloque y buscó la puerta azul. Estaba justo detrás de una planta que cantaba. Lucía la tocó suavemente. “Ahora”, dijo con voz clara.
La puerta se abrió. Lucía sintió un airecito cálido y escuchó el suave zumbido otra vez. Caminó por el túnel, con su osito bien abrazado. De pronto, apareció en su habitación. Todo era igual que antes: su cama, sus juguetes, su ventana.
Lucía se sentó en la alfombra y miró a su osito. “Hemos viajado en el tiempo”, susurró. “Vimos el pasado y el futuro. Fue bonito. Aprendí que a veces hay que esperar y tener paciencia.”
Lucía miró por la ventana. Las nubes seguían flotando despacio en el cielo. Se sintió feliz y tranquila. Su mamá entró en la habitación. “¿Jugamos juntas, Lucía?”
“Sí, mamá”, dijo Lucía, con una gran sonrisa. Y así, Lucía supo que, aunque el tiempo puede cambiar muchas cosas, el amor y la alegría siempre están cerca, aquí y ahora.