Era un día soleado de Pascua. Un pequeño niño llamado Tommy estaba muy emocionado.
“¡Hoy hay una fiesta!” gritó Tommy.
Su amigo, el conejo Saltarín, saltó desde detrás de un arbusto. “¿Fiesta? ¡Qué divertido!”
“Sí, sorpresa para mamá”, dijo Tommy con una gran sonrisa. “¿Qué haremos?”
El conejo pensó un momento. “¡Decoraremos huevos!”
“¡Sí!” exclamó Tommy. “Huevos de colores.”
Saltarín trajo muchos huevos de plástico. “Mira, Tommy. Rojo, azul, amarillo y verde.”
Tommy miró los huevos. “¡Son bonitos!”
“Vamos a pintarlos,” dijo Saltarín. “Con pintura brillante.”
Tommy y Saltarín empezaron a decorar. “¡Plop! ¡Splash!” la pintura voló por todas partes.
“¡Oh no! ¡Me ensucié!” rió Tommy.
“El conejo se ensució más,” bromeó Saltarín, mostrando su pelaje multicolor.
Ambos rieron y continuaron. Después, Tommy dijo: “¿Y la comida?”
“¡Pastel de zanahoria!” respondió Saltarín. “Y un poco de jugo.”
“¡Mmm, riquísimo!” dijo Tommy.
Cuando todo estuvo listo, mamá llegó. “¿Qué pasa aquí?” preguntó, sorprendida.
“¡Sorpresa!” gritaron juntos Tommy y Saltarín.
“Mmm, ¡qué fiesta tan linda! ¡Gracias, mi pequeño!” sonrió mamá.
Los tres disfrutaron de la fiesta. Rieron, comieron pastel y jugaron. Fue un día maravilloso de Pascua.
“¡Hasta el próximo año!” dijo Tommy, mientras soñaban con más sorpresas.