En la ciudad grande, había un niño llamado Tomás. Tomás estaba muy emocionado. ¡Era Pascua! En Pascua, había huevos de chocolate. Tomás quería encontrar muchos huevos.
Tomás se despertó temprano. Abrió los ojos grandes, grandes. "¡Hoy es Pascua!", dijo Tomás. Se puso su gorra azul y sus zapatos rojos.
Tomás salió al jardín. Miró a la derecha. Miró a la izquierda. "¿Dónde están los huevos?", preguntó Tomás.
De repente, Tomás vio algo. Era un papelito. El papelito decía: "Sigue la estrella brillante".
Tomás se rascó la cabeza. "¿Una estrella brillante?", pensó Tomás. Miró al cielo, pero era de día. No había estrellas.
Tomás caminó por la ciudad. Había una feria. Había globos de colores. Había un conejo gigante. El conejo le sonrió a Tomás.
"Hola, Conejo", dijo Tomás. "Busco una estrella brillante".
El conejo señaló al parque. "Allí, allí", dijo el conejo.
Tomás corrió al parque. En el parque, había un lago. En el lago, el agua brillaba. Era la estrella brillante.
Tomás sonrió. "¡La encontré!"
Cerca del lago, había un gran huevo de Pascua. Era un huevo de chocolate. Tomás lo recogió. "¡Mmm, delicioso!"
Tomás volvió a casa. Estaba feliz. "¡Encontré la estrella brillante!", dijo a su mamá.
Mamá sonrió. "Eres un gran explorador, Tomás".
Tomás comió su huevo de chocolate. Estaba rico, rico. Luego, se acostó en su cama. Soñó con estrellas brillantes.
Y así, Tomás tuvo el mejor día de Pascua. Fin.