Parte 1
Tomás tenía cuatro años y una sonrisa como un sol. Era Pascua. En la mesa había pintura, pegatinas y papel de colores. Afuera, el jardín olía a hierba fresca.
“Hoy haré una casita”, dijo Tomás.
Con una caja de cartón, Tomás hizo una cabana pequeña. Pegó una ventana redonda y una puerta que se abría con cuidado. Luego la decoró con flores de papel y puntitos brillantes. Puso una cinta amarilla, una cinta azul, y otra roja. Le gustaba repetir: “Amarillo, azul, rojo. Amarillo, azul, rojo”.
Mamá le dio un pincel. “Pinta despacio”, dijo.
Tomás pintó rayas verdes y nubes blancas. También dibujó un huevo grande, rosa, con estrellas. Cuando terminó, la cabana parecía un abrazo de colores.
De pronto, en el aire flotó un olor dulce, como galleta. Una luz pequeñita, dorada, brilló un momento junto a la puerta.
Tomás abrió los ojos muy grandes. “¿Lo viste?”
Mamá sonrió. “Tal vez la Pascua hace cosquillas”.
Parte 2
En el suelo, cerca de la cabana, había un cestito con un candado. Era un candado pequeño, con forma de zanahoria. Tomás lo tocó con un dedo. “Está cerrado”.
En ese instante, sonó un “toc, toc” suave.
Tomás abrió la puertita de la cabana. Adentro no había nadie… pero sí había huellitas de harina, como de patitas. Y un papel doblado.
Tomás lo abrió despacio. Decía: “Hola, Tomás. Soy el Conejo de Pascua. La llave está escondida en tu cabana. Busca con calma. Busca con alegría”.
Tomás se rió. “¡Hola, Conejo!”
Miró por la ventana redonda. Nada. Metió la mano por la puerta. Solo aire tibio. Entonces vio algo que brillaba debajo de una flor de papel. Era una llave pequeñita, plateada.
“¡Aquí estás!”, dijo Tomás.
Pero la llave tenía una cinta enrollada, como si quisiera jugar. La cinta se movió un poquito y señaló una esquina de la cabana, donde había un huevo de cartón que Tomás había pegado.
“¿También quieres jugar?” preguntó Tomás.
La cinta hizo un giro divertido. Tomás levantó el huevo de cartón y debajo apareció un agujerito secreto, como un nido. Ahí guardó la llave un momento y luego la sacó, feliz, como si fuera un tesoro.
Parte 3
Tomás corrió al cestito con candado. “Mamá, mira”.
“Estoy mirando”, dijo mamá, suave.
Tomás metió la llave en el candado de zanahoria. Giró una vez. Nada. Giró otra vez. “Clic”. Se abrió.
Dentro había huevos de chocolate, un conejito de azúcar y una nota con dibujo de orejas largas: “Gracias por tu cabana bonita. La magia vive donde hay cariño”.
Tomás abrazó el cesto. “Mi cabana es para todos”.
Se sentaron en el jardín. Tomás comió un huevito y dejó otro al lado de la cabana, “por si el Conejo vuelve”. El sol calentaba despacito. Todo era tranquilo, dulce y brillante, como una Pascua que sonríe.