Era la mañana de Pascua. El sol entraba por la ventana como un dedo dorado. Lucía, de cuatro años, se sentó en la cama y estiró los brazos. Tenía el pelo en dos colitas y los ojos brillaban como botones. Hoy era un día especial. Hoy había una búsqueda de colores.
En la cocina, mamá preparaba pan y flores. "Lucía", dijo mamá, "el Conejo de Pascua vino anoche. Ha dejado pistas por colores. ¿Quieres jugar?" Lucía saltó. "¡Sí!" dijo. Saltó otra vez. Sus zapatillas huecas hicieron un sonido de tambor.
El jardín olía a hierba y a tierra mojada. Había huevos pintados en un cesto. Eran redondos y suaves. El Conejo había dejado una nota con letras grandes y sonrientes. "Empieza por el rojo", decía la nota. "Cada color te llevará al siguiente." Lucía la leyó con los dedos y sonrió. "Rojo, luego amarillo, luego azul," murmuró. Le gustó la idea.
Primera pista: el rojo. Lucía buscó entre las macetas. Vio una tulipán rojo. "Hola, tulipán," dijo. El tulipán no habló, pero movió sus pétalos con el viento. Debajo, había un huevo rojo. Estaba cubierto de puntitos blancos. Lucía lo recogió con cuidado. Dentro del huevo había otra nota y un caramelo en forma de corazón. La nota decía: "Sigue el amarillo." Lucía comió el caramelo. Era dulce como una sonrisa.
Segunda pista: el amarillo. Miró hacia el columpio. Había una mariposa de papel amarillo atada al cordel del columpio. "¡Mira!" gritó. Papá llegó corriendo. "¿Quieres que te empuje?" preguntó. "Primero la pista," dijo Lucía. Papá sonrió y la ayudó a bajar. Debajo de la mariposa había un huevo amarillo, brillante como el sol. Lucía lo abrió y dentro había una pequeña campanita y una nota que decía: "Sigue el azul." Ella tocó la campanita. Sonó como una risa en el aire.
Tercera pista: el azul. El azul la llevó a la fuente. El agua hacía círculos. Una rana de goma azul flotaba en el borde. "Hola, rana," dijo Lucía. La rana no dijo nada, pero saltó un poquito. En la base de la fuente estaba el huevo azul, pintado con rayas. Lucía lo abrió. Había allí una pluma azul y otra nota. "Sigue el verde." La pluma tocó su mejilla. Se sentía suave y fresca.
Cuarta pista: el verde. El verde era para el árbol del peral. Sus hojas hacían sombra y olían a verano. En una rama baja, estaba escondido un huevo verde. Estaba decorado con hojas pequeñas. Lucía lo sacó con ayuda de papá. Dentro había una pequeña llave de madera y una nota: "Sigue el naranja." La llave parecía muy antigua y muy bonita.
Quinta pista: el naranja. El naranja la llevó a la caja de herramientas del abuelo. La caja tenía pegatinas de flores naranjas. Lucía abrió la caja con cuidado. Había un huevo naranja envuelto en papel brillante. Dentro había una figurita de conejito naranja y una nota: "Sigue el morado." Lucía abrazó al conejito de juguete. "Es suave," dijo.
Sexta pista: el morado. El morado estaba en el macetero de lavandas. Olor de morado y de miel. Lucía buscó entre las flores. Un huevo morado descansaba como un sueño. Lo abrió y encontró una pequeña linterna violeta y una nota: "Sigue el rosa." La linterna encendió un punto de luz que bailó en la palma de su mano. Era como una luciérnaga pequeña y tímida.
Séptima pista: el rosa. El rosa la llevó al colgador de la puerta. Había un lazo rosa que brillaba con el viento. Al desatarlo, apareció un huevo rosa con purpurina. Dentro había un espejo pequeño y una nota: "Sigue el blanco." Lucía se miró y vio su carita sonriendo. Su sonrisa era una flor.
Octava pista: el blanco. El blanco la llevó a la casita de pájaros. La casita estaba pintada de blanco y tenía un techo azul. Dentro estaba un huevo blanco con motas grises. En su interior había una mini manta blanca y una nota: "Sigue todos los colores." Lucía frunció el ceño un momento. "¿Todos?" preguntó. Mamá la abrazó. "Juntos," dijo mamá. "Todos los colores llevan al final de la búsqueda."
Lucía juntó los huevos. Eran muchos y brillaban como caramelos del arcoíris. De repente, escucharon un ruido suave. Era un pelaje que se acercaba. Saltó un conejito real, pequeño y con orejas largas. Tenía una mancha de color en la frente. "Hola, Lucía," dijo el Conejo con voz suave. Lucía tapó la boca con la mano y rió. "¡Eres tú!" dijo. El conejito movió la nariz como un timbre. "¿Encontraste las pistas?" preguntó. "Sí," dijo Lucía. "Todas menos el final."
El Conejo sonrió. Sacó de su mochila una cesta grande. "El final está aquí," dijo. La cesta estaba forrada de tela de colores. Dentro había huevos grandes y dulces, pequeños panecillos y un libro con dibujos. "Este libro cuenta la historia de la Pascua de colores," dijo el Conejo. "Y aquí hay suficientes dulces para compartir." Lucía miró a su familia. Todos se acercaron: papá, mamá y el abuelo. El jardín se llenó de risas.
"Gracias, Conejo," dijo Lucía. Besó la oreja del conejito. El conejito parpadeó. "Comparte," dijo. Lucía abrió un huevo grande y dio la mitad a su papá. "Prueba," dijo. Papá probó y sonrió grande. "Mmm," dijo. "Está delicioso." La abuela llegó con una taza de leche caliente. Todos se sentaron en una manta bajo el árbol.
El sol se fue poniendo, pintando el cielo de naranja y rosa. Lucía se recostó en el regazo de mamá y abrió el libro. Las páginas eran suaves y llenas de colores. "Habla de un conejo que es amigo," leyó mamá en voz baja. Lucía cerró los ojos por un momento. Se sentía calma y contenta. Había sido una mañana de pistas y risas.
Antes de irse, el Conejo dejó un último regalo. Una flor pequeña de papel. "Para recordar que los colores están en todas partes," dijo. Lucía la puso en su pelo. Brilló como una estrella diminuta. La noche llegó despacito. Las luciérnagas encendieron sus luces. Lucía bostezó. "Buenas noches," dijo. Mamá la llevó a la cama. Papá apagó la luz.
Lucía soñó con huevos que bailaban y con un conejito que contaba cuentos. Soñó con cada color que había encontrado ese día. Soñó con risas y con la manta tibia en el jardín. Fue una Pascua llena de colores, de brincos y de compartir. Y así, la búsqueda terminó con un abrazo grande y una sonrisa. Fin.