Era la mañana de Pascua y el sol jugaba a esconderse entre las nubes. Mateo, de cuatro años, se despertó con una sonrisa grande. Bajo su almohada encontró una bolsa de chocolates. La bolsa brillaba con colores como un arcoíris.
"Mira, mamá", dijo Mateo. "¿Podemos jugar?"
"Claro", respondió mamá. "Hoy hay un código secreto. Si ordenas los chocolates por colores, el código te dará una sorpresa."
Mateo saltó. Le gustaban las sorpresas. Empezó a sacar los chocolates uno a uno. Había rojos, azules, verdes, amarillos y morados. Los puso en fila sobre la mesa. Primero rojo, rojo, rojo. Después azul, azul. Repetía los colores y sonreía.
"Rojo, azul, verde", cantó. La canción era suave y alegre. Cada vez que terminaba una fila, tocaba un chocolatito y pedía permiso: "¿Puedo probar uno?" Mamá reía. "Después del código", decía.
Mientras ordenaba, algo mágico sucedió. Las bolitas de chocolate parpadeaban como luciérnagas y susurraban en voz baja: "Sigue el color, sigue el color". Mateo escuchó y siguió. Puso tres rojos, dos azules, una verde, y dos amarillos. Luego, cinco morados, que parecían florecer como pequeñas flores.
"Listo", dijo Mateo. Miró la fila y encontró una nota pequeña debajo de la última fila. En la nota había dibujos sencillos: un sol, una flor y un conejito. Mateo señaló. "Sol, flor, conejito", repitió.
Mamá sonrió y abrió la ventana. Afuera, en el jardín, había una mesa con una cesta. La cesta estaba llena de huevos de chocolate envueltos en papel brillante. Algunos eran del mismo color que las filas de Mateo. "El código funcionó", dijo mamá.
Mateo corrió al jardín. Tocó un huevo azul. Se abrió un pequeño juguete de conejito. "¡Guau!" exclamó. Luego compartió los chocolates con su mamá y con los vecinos. Todos cantaron y rieron.
Al final del día, Mateo se acostó con la barriga dulce y el corazón contento. Afuera, las luces del jardín parpadeaban como las bolitas de chocolate. "Buenas noches", susurró mamá. Mateo cerró los ojos. Soñó con colores, sol y conejitos. Todo era cálido y tranquilo.