Parte 1
En el prado verde, donde el sol hacía cosquillas a las flores, vivía un conejito llamado Bruno. Era el Conejo de Pascua. Tenía orejas largas, una cola redonda como una nube y un delantal con manchas de pintura de muchos colores.
Aquella mañana, Bruno estaba muy contento. En una cesta llevaba huevos pintados: rojos como fresas, amarillos como limones, azules como el cielo. “¡Pascua, Pascua, Pascua!”, canturreaba. Y, cuando cantaba, sus bigotes bailaban.
Pero Bruno tenía una idea nueva.
“Este año haré una búsqueda del tesoro”, dijo en voz alta.
Y como nadie contestó, se contestó él mismo:
“Sí, Bruno, buena idea. Gracias, Bruno”.
Se sentó bajo un árbol y sacó un papel grande. Con una ramita a modo de lápiz, empezó a dibujar un mapa. Dibujó el prado. Dibujó un estanque redondo. Dibujó un puente de madera. Y dibujó una gran zanahoria… no una zanahoria de verdad, sino una montaña con forma de zanahoria, porque a Bruno le gustaban las cosas divertidas.
Luego añadió símbolos. Muchos símbolos.
Una estrella.
Una espiral.
Tres puntitos.
Y una cara de huevo con bigote.
Bruno miró el mapa y parpadeó.
“Ejem… ¿y ahora qué significa todo esto?”, se preguntó.
El mapa era bonito, sí. Pero era un poquito misterioso. Un misterio suave, como una manta.
En ese momento, algo brilló en el aire: un polvito dorado, como azúcar. El polvito bajó y se posó sobre el papel. El mapa hizo “¡plin!” y la estrella del dibujo pareció brillar de verdad.
Bruno abrió mucho los ojos.
“Uy. Eso no lo dibujé yo… creo.”
Necesitaba ayuda. Y rápido, pero sin correr demasiado, porque Bruno era un conejo tranquilo.
Parte 2
Bruno fue saltito a saltito hasta el jardín de sus amigos. Allí estaba Tina la tortuga, con su sombrero de hojas. También estaba Pío el pollito, que siempre caminaba como si tuviera un tambor en las patas: pum, pum, pum.
“¡Hola!”, dijo Bruno.
“¡Hola, hola!”, dijo Pío.
Tina sonrió despacito. “Hola, Bruno.”
Bruno extendió el mapa.
“Dibujé esto para Pascua. Quiero que sea un juego. Pero… no entiendo mis propios símbolos.”
Pío acercó el pico.
“¿Esa cara de huevo con bigote soy yo?”
“Creo que es mi bigote”, dijo Bruno, tocándose la nariz.
Pío se rió. “¡Entonces es un huevo muy elegante!”
Tina miró la estrella.
“La estrella puede ser el lugar donde todo empieza”, dijo.
Pío señaló la espiral. “La espiral parece un caracol dormido.”
“¡No!”, dijo Bruno. “Es… una espiral. Eso sí lo sé.”
Los tres se quedaron mirando. Era como mirar nubes e intentar ver formas.
De pronto, el polvito dorado volvió a aparecer. Hizo un pequeño remolino y se posó sobre el mapa. La espiral del dibujo se movió un poquito, como si estuviera viva.
“¡Oh!”, dijo Bruno.
“¡Oh!” dijo Pío.
“Qué curioso”, dijo Tina, muy tranquila.
En el borde del papel apareció una flechita que Bruno no había dibujado. La flecha apuntaba hacia el estanque del prado.
“¡El mapa nos habla!”, dijo Pío, emocionado.
“Nos susurra”, corrigió Tina. “Muy bajito.”
Bruno asintió. “Y nos pide que cooperemos. Porque yo solo me hago lío.”
Fueron juntos al estanque. El agua estaba quieta, como un espejo. En la orilla había piedras lisas. Bruno puso el mapa sobre una piedra grande.
De pronto, los tres puntitos del mapa empezaron a brillar: uno… dos… tres.
Y en la orilla, muy cerca, había tres juncos altos, uno al lado del otro.
“¡Eso!”, dijo Bruno. “¡Los puntitos son los juncos!”
Pío aplaudió con sus alitas. “¡Pum pum pum, lo logramos!”
Tina miró con atención.
“Si los puntitos son ‘tres juncos', quizá la espiral sea ‘dar una vuelta'.”
Bruno se rascó la oreja. “¿Dar una vuelta alrededor del estanque?”
Pío ya estaba dando vueltas. “¡Estoy practicando!”
Dieron una vuelta alrededor del estanque. Una vuelta completa. Sin prisa. Con risitas. Cuando terminaron, encontraron una piedra con forma de corazón. Y debajo, había una pequeña llave de azúcar, blanca y brillante.
“¡Una llave!”, dijo Bruno.
“Una llave que se puede lamer”, susurró Pío, muy tentado.
Tina negó con la cabeza, amable. “Primero, la usamos. Luego, si sobra, la olemos.”
Bruno levantó el mapa. La estrella del dibujo ahora apuntaba hacia el puente de madera.
Parte 3
En el puente, el viento olía a hierba fresca. Debajo pasaba un riachuelo que hacía “glugluglu”, como si contara un chiste.
Bruno buscó con la mirada.
“¿Dónde va la llave?”
Pío miró por todas partes. “Yo veo… tablas. Yo veo… más tablas.”
Tina señaló una tablita distinta, con un dibujo grabado: una estrellita.
Bruno metió la llave de azúcar en una ranura pequeñita. Encajó. Hizo “clic”. Y una caja escondida se abrió despacio, como si bostezara.
Dentro había… huevos. Muchos huevos. Y no eran de plástico ni de papel. Eran de chocolate, de colores suaves, con puntitos, con rayas, con caritas sonrientes.
También había una nota dibujada, sin palabras, solo un símbolo: un huevo con bigote. Bruno se tocó el bigote otra vez y soltó una carcajada.
“¡Era yo! ¡El mapa me estaba guiando a mi propia sorpresa!”
Pío dio un saltito. “¡El tesoro es dulce!”
Tina sonrió. “Y el tesoro también es la aventura.”
Bruno repartió los huevos con cuidado. Uno para Tina, uno para Pío, uno para él. Luego puso otros en su cesta, porque era Pascua y había que llenar el prado de colores.
El polvito dorado volvió a aparecer una última vez. Dibujó en el aire un pequeño corazón, como diciendo “bien hecho”, y se deshizo como luz.
Bruno suspiró contento.
“Me gustó cooperar”, dijo.
“A mí me gustó entender los símbolos”, dijo Tina.
“A mí me gustó… no lamer la llave”, confesó Pío. “Bueno, un poquito sí la olí.”
Los tres se sentaron en la hierba. El sol era tibio. Las flores parecían aplaudir sin manos. En la distancia, los huevos de Pascua brillaban escondidos entre las hojas, esperando a ser encontrados por quien tuviera ojos curiosos.
Bruno dobló su mapa y lo guardó en el delantal.
“Para el año que viene dibujaré menos símbolos”, prometió.
Pío inclinó la cabeza. “¿O más?”
Tina se rió bajito. “Los justos.”
Y así, con risas, chocolate y un mapa que ya no daba miedo porque nunca lo había dado, la Pascua siguió tranquila y feliz en el prado, como un abrazo de colores.