Era un hermoso día de primavera. El sol brillaba y todo estaba lleno de colores. Una niña llamada Sofía estaba muy emocionada. ¡Era tiempo de Pascua!
“Mamá, ¿puedo decorar huevos de Pascua?” preguntó Sofía.
“¡Claro que sí, Sofía!” respondió su mamá. “Vamos al jardín.”
Sofía corrió al jardín. Allí había muchos huevos blancos. “¡Los voy a pintar!” dijo Sofía.
Sofía tomó un pincel y comenzó a pintar. “¡Rojo, azul, amarillo!” decía mientras pintaba. Los huevos se volvían muy bonitos.
De repente, un pequeño conejo apareció. “¡Hola, Sofía!” dijo el conejo. “Soy el conejo de Pascua. ¡Estoy en una misión!”
“¿Una misión?” preguntó Sofía con curiosidad.
“Sí, necesito ayuda. Hay sorpresas escondidas en el jardín. ¿Quieres ayudarme?” dijo el conejo.
“¡Sí, quiero!” exclamó Sofía.
El conejo sonrió. “Busca un huevo amarillo. ¡Es especial!”
Sofía miró por todas partes. “¿Dónde estará?” pensó.
De pronto, vio algo brillante. “¡Aquí está!” gritó Sofía.
Abrió el huevo amarillo. ¡Era un dulce! “¡Qué rico!” dijo Sofía.
“Ahora busca un huevo azul,” dijo el conejo.
Sofía corrió y encontró el huevo azul. “¡Lo tengo!”
Dentro había una pequeña nota. “¡Eres una gran buscadora!” decía.
Sofía sonrió. “¡Gracias, conejo!”
“Gracias por ayudarme, Sofía. ¡Ahora vamos a decorar los huevos juntos!” dijo el conejo.
Sofía y el conejo decoraron los huevos. Rieron y se divirtieron.
Al final del día, Sofía tenía muchos huevos hermosos. “¡Esto fue mágico!” dijo Sofía feliz.
El conejo sonrió. “¡Feliz Pascua, Sofía!”
“¡Feliz Pascua!” respondió Sofía.