En un hermoso dĂa soleado, dos amigos jugaban en el parque. Uno de ellos se llamaba Leo. Leo era un niño alegre, siempre sonriendo. Su mejor amigo se llamaba Tomás. Tomás tenĂa una sonrisa muy especial. A veces, usaba una pequeña silla de ruedas. Pero eso no importaba. Ellos eran grandes amigos.
—¡Hola, Tomás! —gritĂł Leo con alegrĂa—. ¡Vamos a jugar!
—¡SĂ, Leo! —respondiĂł Tomás, moviendo sus manitas con emociĂłn.
Juntos, decidieron jugar a la pelota. Leo corrĂa rápido. Tomás, con su silla, se movĂa despacito, pero siempre con una gran sonrisa.
—¡Pásame la pelota, Leo! —decĂa Tomás.
Leo pasaba la pelota con cuidado. Tomás la atrapaba con sus manos.
—¡Buen trabajo, Tomás! —decĂa Leo—. ¡Eres el mejor!
AsĂ, se turnaban para jugar. A veces, Tomás decĂa:
—Yo te ayudo, Leo.
Leo sonreĂa. SabĂa que Tomás siempre estaba ahĂ para Ă©l. Jugaron y rieron todo el dĂa. Juntos, hacĂan grandes cosas. La amistad de Leo y Tomás era especial.
Al final del dĂa, Leo mirĂł a Tomás y dijo:
—Eres mi mejor amigo.
—Y tú eres mi mejor amigo, Leo —respondió Tomás con felicidad.
Los dos amigos se abrazaron fuerte, felices de tenerse el uno al otro. Aprendieron que la amistad es un tesoro. Y que juntos, pueden hacer cualquier cosa. Fin.