Un día, Ana salió al jardín a jugar. Era un día soleado y Ana llevaba su sombrero rojo. "¡Vamos a jugar!", dijo a su amigo Leo, el osito de peluche.
Ana y Leo corrieron por el césped. "Mira, Leo, una mariposa", dijo Ana. La mariposa volaba de flor en flor. "Vamos a seguirla", dijo Ana.
De repente, Ana tropezó y cayó al suelo. "Ay, me duele", dijo Ana. Leo también cayó, pero no se quejó. Ana se levantó y sacudió su vestido. "Está bien, Leo, no pasa nada", dijo Ana sonriendo.
Entonces, Ana vio a su amiga Sofía. "Hola, Sofía", dijo Ana. Sofía sonrió. "Hola, Ana. ¿Jugamos juntas?", preguntó Sofía.
Ana asintió. "Sí, vamos a jugar", dijo. Pero al correr, Ana sin querer empujó a Sofía. Sofía cayó al suelo y su muñeca se ensució. "Oh, lo siento, Sofía", dijo Ana.
Sofía miró a Ana. "Está bien, Ana. No fue a propósito", dijo Sofía. Ana ayudó a Sofía a levantarse. "Gracias, Ana", dijo Sofía.
Juntas, Ana, Sofía y Leo fueron a buscar más mariposas. "Mira, otra mariposa", dijo Sofía. Las dos niñas rieron y corrieron tras la mariposa.
Al final del día, Ana y Sofía estaban cansadas. "Me gusta jugar contigo, Sofía", dijo Ana. "Y a mí contigo, Ana", respondió Sofía.
Ana abrazó a Leo. "Gracias por ser mi amigo, Leo", dijo. Ana y Sofía se despidieron. "Hasta mañana", dijeron las dos.
Ana se fue a casa con mamá. "Hoy aprendí que los amigos se cuidan y se perdonan", dijo Ana. Mamá sonrió y la abrazó. "Eso es muy importante, Ana", dijo mamá.
Ana estaba feliz. Su día había sido bueno. "Los amigos son un tesoro", pensó Ana mientras cerraba los ojos para dormir.