Un día, en una escuela llena de colores y risas, vivía un niño llamado Tomás. Tomás tenía tres años y le gustaba mucho jugar. Un día, mientras jugaba con bloques, vio a un niño nuevo. Era su amigo de antes, su amigo Pedro.
Tomás sonrió y fue hacia Pedro. "Hola, Pedro", dijo Tomás con una gran sonrisa. "¿Quieres jugar?"
Pedro también sonrió. "Sí, Tomás, quiero jugar contigo."
Tomás y Pedro empezaron a construir una torre muy alta con los bloques. "¡Mira, Pedro, es muy alta!", dijo Tomás.
Pedro aplaudió y dijo: "¡Sí, es muy alta y bonita!"
Jugaron y jugaron. Hicieron una torre alta, luego una casa pequeña. Tomás dijo: "Pedro, me gusta jugar contigo."
Pedro respondió: "A mí también me gusta, Tomás."
De repente, la torre se cayó. Tomás y Pedro miraron los bloques en el suelo. Tomás dijo: "Oh no, se cayó."
Pedro tomó la mano de Tomás y dijo: "No te preocupes, Tomás. Podemos construirla otra vez."
Juntos, pusieron los bloques otra vez. Hicieron una torre aún más alta. "¡Lo hicimos!", dijeron juntos, riendo.
La maestra los miró y dijo: "Tomás y Pedro, son buenos amigos."
Tomás miró a Pedro y dijo: "Sí, somos amigos."
Pedro sonrió y dijo: "Siempre amigos."
Ese día, Tomás aprendió que la amistad es un gran tesoro. Con Pedro, se sintió feliz y seguro. Juntos, podían hacer cosas grandes y divertidas. La amistad de Tomás y Pedro era especial, y siempre lo sería.