En el jardín, había un niño llamado Tomás. Tomás tenía dos años y le encantaba la Pascua. Un día, su mamá le dijo: "¡Vamos a buscar huevos de Pascua!"
Tomás vio un huevo azul. "¡Mira, mamá, un huevo azul!" dijo Tomás.
Luego, vio un huevo rojo. "¡Mira, mamá, un huevo rojo!" repitió Tomás.
De repente, el huevo azul se movió. "¡Oh!" dijo Tomás, sorprendido. El huevo abrió una puerta pequeña y salió un conejito. "¡Hola, Tomás!" dijo el conejito.
Tomás rió. "¡Conejito!" dijo feliz.
El conejito le mostró a Tomás un camino mágico. "Sigue las huellas de zanahoria," dijo el conejito.
Tomás siguió las huellas y encontró una cesta llena de dulces. "¡Dulces!" exclamó Tomás.
Tomás y el conejito jugaron y rieron. La Pascua fue mágica y llena de sorpresas.
Tomás abrazó al conejito. "Gracias, conejito," dijo.
"De nada, Tomás," respondió el conejito.
Y así, Tomás tuvo una Pascua mágica y feliz. Fin.