Era un día soleado. Los niños estaban en el parque. ¡Era tiempo de Pascua! Todos querían buscar huevos de chocolate.
—¡Yo quiero un huevo! —dijo Pedro.
—¡Yo también! —gritó Juanito.
—¡Vamos a buscar! —exclamó Sofía.
Los niños miraron por todas partes. Miraron detrás de los árboles.
—¿Hay un huevo aquí? —preguntó Pedro.
—No, solo hojas —dijo Sofía.
Buscaron en la casita del parque.
—¿Está el huevo aquí? —preguntó Juanito.
—No, solo juguetes —respondió Sofía.
Los niños rieron y siguieron buscando.
—¡Mira! —dijo Pedro—. Hay un arbusto.
—¡Vamos a mirar! —gritaron todos.
Miran y miran.
—¿Está el huevo aquí? —preguntó Juanito.
—No, solo flores —dijo Sofía.
De repente, Pedro vio algo brillante.
—¡Miren! —gritó—. ¡Un huevo de chocolate!
—¡Sí! —gritaron todos—. ¡Es nuestro!
Los niños se abrazaron.
—¡Qué alegría! —dijo Juanito.
—¡Dulce Pascua! —gritó Sofía.
Se sentaron todos juntos.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Pedro.
—¡Comer el huevo! —respondieron todos.
Y así, los niños disfrutaron su huevo de chocolate.
—¡Qué rico! —dijo Juanito.
—¡Feliz Pascua! —gritaron todos, felices.