Era un día soleado. Los pequeños amigos, Pablo, Tomás y Luis, estaban muy emocionados. ¡Era tiempo de Pascua!
"¡Vamos a decorar huevos!" dijo Pablo. "Sí, sí, huevos bonitos!" respondió Tomás. "¡Huevos de colores!" gritó Luis.
Los tres amigos se pusieron manos a la obra. Tenían huevos blancos y muchas pinturas. "Yo quiero rojo," dijo Pablo. "Yo quiero azul," dijo Tomás. "¡Yo quiero amarillo!" dijo Luis.
Con pinceles en mano, comenzaron a pintar. "¡Mira mi huevo!" exclamó Pablo. "¡Es un sol!" "¡El mío es un pez!" dijo Tomás. "¡Yo hice una flor!" gritó Luis.
Mientras pintaban, encontraron algo mágico. "¡Mira!" dijo Pablo. "Un huevo dorado." "¡Es un tesoro!" dijo Tomás. "¡Vamos a abrirlo!" dijo Luis.
Con mucho cuidado, abrieron el huevo dorado. Dentro había sorpresas. "¡Chocolates!" gritaron los tres al unísono. "¡Qué rico!" dijeron mientras se reían.
Luego, decoraron la casa con colores. "¡Globos y cintas!" dijo Pablo. "¡Vamos a jugar a buscar huevos!" propuso Tomás. "¡Sí, a buscar!" gritó Luis.
Al final del día, los tres amigos estaban felices. "¡Pascua es divertida!" dijeron. "¡Más amigos, más risas!" Y así, todos celebraron juntos, llenos de alegría y chocolate.