Hoy, el oso Bruno se despertó con un rugido en la barriga. ¡Tenía hambre de desayuno! Caminó tambaleándose hacia la cocina de su cabaña, se rascó la cabeza peluda y dijo en voz alta:
—¡Hoy quiero leche bien fría y galletas crujientes!
Bruno abrió el frigorífico. Sacó la mayor jarra de leche que encontró. Llenó su vaso gigante, tan grande como una maceta. Cogió una galleta, luego otra, luego tres más, porque los osos grandes necesitan mucha energía para el día.
Se sentó y, con una gran sonrisa, empezó a mojar galletas en la leche. Sus patitas estaban pringosas. ¡Plaf! Una galleta cayó entera dentro del vaso y Bruno intentó pescarla, pero sus dedos eran torpes y gorditos.
—¡Ven aquí, galletita! —dijo, metiendo la nariz en el vaso.
Al sacar la cabeza, Bruno sintió algo raro en el hocico. Miró su reflejo en la cuchara y vio... ¡una enorme y divertida bigote de leche blanca cubriéndole la boca!
Bruno empezó a reírse fuerte, tan fuerte que las galletas dieron un pequeño salto sobre la mesa.
—¡Mira qué bigote más bonito! —dijo Bruno—. ¡Parezco el Oso Don Mostacho!
De repente, toc-toc-toc, alguien llamó a la puerta. Era la liebre Rita, con orejas saltarinas y una bufanda verde.
—Hola, Bruno, ¿jugamos en el bosque?
Bruno no se limpió el hocico. Quería enseñar su bigote especial.
—¡Claro! —respondió, y salió corriendo, todavía con la bigote de leche.
Fuera, el sol brillaba y los pájaros cantaban. Rita vio a Bruno y se tapó la boca de la risa.
—¡Qué bigote! —dijo—. ¡Parece que llevas nieve en la cara!
Bruno se paseó orgulloso por el camino. Pronto encontraron a la rana Nico saltando en un charco.
Nico miró a Bruno y se asustó un poco.
—¿Eso es espuma? —preguntó—. ¿Te estás deshaciendo, Bruno?
—¡No! —rugió Bruno—. Es mi bigote de leche mágica.
Rita y Nico se partieron de risa.
—¡Queremos bigote como el tuyo! —gritaron a la vez.
Bruno, con su voz de oso bueno, dijo:
—¡Pues, todos a casa! ¡Tengo mucha leche!
Los tres fueron en fila, haciendo ruidos divertidos. De repente, la ardilla Lolo bajó de un árbol, muy curiosa.
—¿Por qué os reís?
Rita saltó y chasqueó los dedos.
—¡Bigotes de leche!
Lolo miró a Bruno y se rió tan fuerte que se le cayó una bellota de la sorpresa.
En la cabaña, cada uno recibió un vaso de leche. Bruno enseñó cómo mojar galletas y sacar el hocico lleno de leche.
—¡Así se hace el bigote! —dijo, haciendo una cara graciosa.
Rita, Nico y Lolo lo intentaron. Al principio, Rita se hizo solo un punto blanco en la nariz, Nico se llenó las mejillas y Lolo se manchó las orejas.
—¡Ups! Creo que he hecho una barba, no un bigote —dijo Lolo, divertido.
De repente, Bruno pensó que debía ser cuidadoso, así que les puso a todos unos baberos grandes y suaves.
—¡Ahora sí! —explicó—. El bigote de leche solo en la cara, no en la barriga ni en la oreja.
Entre risas y bufidos, todos tenían bigotes, barbas y hasta "pelucas" de leche. Rita hizo pompas con la leche y Nico se puso dos galletas como gafas.
—¡Miradme! Soy el Oso Explorador —dijo Nico, caminando en círculos.
Cuando la jarra estaba casi vacía, Bruno miró alrededor.
Todos tenían bigotes chorreando, sonrisas blancas y ojos muy brillantes.
—¡Qué divertido es desayunar juntos! —dijo Bruno.
De pronto, notaron que la cabaña estaba un poco pegajosa. Galletas por el suelo, leche en el mantel y baberos llenos de manchas.
Bruno sacó una esponja gigante y un cubo de agua.
—¡Limpiemos antes de que se seque! —ordenó, con voz alegre.
Rita fregó la mesa, Nico lavó los vasos, Lolo barrió las galletas. Bruno limpió su bigote de leche con una toalla suave, frotando su hocico con cuidado.
Al terminar, la casa brillaba y todos se sentían frescos y ordenados.
—¡Bien hecho, equipo! —dijo Bruno—. Ser prudentes también es divertido.
Todos se sentaron juntos en la alfombra, cansados pero felices. Bruno abrazó a sus amigos con sus brazos de oso mullido.
—Mañana podemos probar bigotes de mermelada —sugirió Rita.
Bruno sonrió, mostrando solo un pequeño resto de leche en la comisura de la boca.
—¡Sí! Pero primero, babero y esponja listos —dijo guiñando un ojo.
El sol entraba por la ventana. Fuera, los árboles susurraban suave. Dentro, los amigos se reían bajito, acurrucados y llenos de alegría, soñando con el siguiente desayuno divertido.