Parte 1
En la selva brillaba el sol como una naranja enorme. Los pájaros cantaban “pi-pí, pi-pí” y el aire olía a plátano y a hojas frescas.
Mona Mimi, una monita traviesa y risueña, saltaba de rama en rama haciendo “¡boing, boing!”. De pronto, una hoja grandísima cayó despacito, como si bailara.
Mimi la atrapó con las dos manos.
“¡Oh! ¡Una hoja perfecta!”, dijo.
Se la puso en la cabeza como si fuera un sombrero. La hoja era verde, redonda y tenía una nervadura en medio, como una rayita elegante.
Mimi se miró en un charquito y guiñó un ojo.
“¡Soy Mimi, la señora Sombrero-hoja!”, anunció.
En ese momento apareció Lalo el loro, muy curioso.
“¿Eso es un sombrero?”, preguntó.
“¡Claro!”, dijo Mimi. “Es un sombrero-hoja. Y además hace cosquillas.”
Y movió la cabeza. La hoja le rozó la oreja y Mimi soltó una risita: “¡Ji-ji-ji!”
Lalo batió las alas.
“¡Quiero uno! ¡Quiero uno! ¡Quiero uno!”, repitió, porque a Lalo le gustaba repetir.
Mimi levantó los hombros.
“Hoy es el día de los sombreros raros. ¡Vamos al claro!”
Caminaron por la selva: Mimi con su hoja en la cabeza, Lalo detrás diciendo “sombrero, sombrero, sombrero”, y una mariposa amarilla que parecía una chispa.
En el camino se toparon con Tita la tortuga, que iba muy despacio, como siempre.
“Hola, Mimi… hola, Lalo…”, saludó Tita, con una sonrisa tranquila.
Mimi se inclinó para que Tita viera bien.
“¿Te gusta mi sombrero-hoja?”
Tita parpadeó.
“Me gusta… pero… ¿no se te cae?”
Mimi saltó. La hoja se tambaleó. La hoja hizo “flap”. La hoja casi voló.
“¡Uuuy!”, dijo Mimi, sujetándola con una mano. “Necesita… mmm… ¡un poquito de ayuda!”
Justo entonces llegó Pipo el puercoespín, lleno de puntitas y buen humor.
“¿Qué pasa aquí?”, preguntó.
“Mi sombrero-hoja quiere volar”, dijo Mimi. “¡Pero yo no quiero que se vaya!”
Pipo se rascó la nariz con cuidado, para no pincharse.
“Yo tengo una idea… suave… no pinchuda”, dijo. “Podemos hacer una cinta con una liana.”
Todos miraron una liana que colgaba como un lazo largo. Mimi la tocó: era flexible.
“¡Sí!”, dijo Mimi. “Una cinta para mi sombrero-hoja.”
Tita empujó la liana con su patita.
“Yo puedo sostenerla… despacito… despacito…”
Lalo aplaudió con las alas.
“¡Cinta, cinta, cinta!”, cantó.
Entre todos, hicieron una cinta verde. Mimi se la ató debajo de la barbilla. La hoja ya no se caía.
Mimi dio una vuelta.
“¡Miren, miren! ¡Ahora soy una hoja con patas!”
Todos rieron. Incluso Tita rió, pero a su ritmo: “Je… je… je…”
Parte 2
Llegaron al claro, un lugar grande con hierba blandita. Allí estaba Nuno el elefante, jugando con burbujas de agua. Soplaba con la trompa y salían pompas enormes: “¡Puf!”
Había también Zara la cebra, que hacía dibujos en la tierra con un palo. Y Beni el conejo, que llevaba una zanahoria como micrófono y decía:
“¡Bienvenidos al desfile de… cosas en la cabeza!”
Mimi levantó la mano.
“¡Yo tengo una hoja!”
Beni abrió mucho los ojos.
“¡Eso es fantástico! Pasa, Mimi. Aquí todos son bienvenidos: grandes, pequeños, rayados, con pico… ¡y con hoja!”
Mimi caminó como modelo, despacito y orgullosa. La hoja se movía como abanico.
Zara la miró y sonrió.
“Tu sombrero es súper verde. Yo tengo… orejas”, dijo, moviéndolas. “Son mi sombrero natural.”
Nuno se acercó, curioso.
“Yo tengo… una oreja gigante”, dijo, y se la puso sobre la cabeza como si fuera una manta. “¡Sombrero-oreja!”
Todos soltaron carcajadas.
Lalo, emocionado, se puso una pluma en la cabeza.
“¡Sombrero-pluma!”
Pipo se puso una flor en una punta.
“¡Sombrero-flor!”
Tita buscó algo. Encontró una hoja pequeñita y se la colocó con cuidado.
“Sombrero… hoja… mini…”, dijo.
Mimi aplaudió.
“¡Tita, te queda precioso!”
Tita se puso color contento, si es que una tortuga puede ponerse color contento.
De pronto, un vientecito juguetón pasó por el claro. “Fuuu…”
El viento tocó la hoja de Mimi. La hoja se infló como vela.
“¡Oh-oh!”, dijo Mimi.
La cinta aguantó, pero la hoja empezó a girar. Giró y giró. Mimi giró con ella.
“¡Estoy dando vueltas!”, dijo, entre risas.
Beni gritó:
“¡Eso es un baile! ¡El baile del sombrero-hoja!”
Zara marcó el ritmo con sus pezuñas: “tac-tac, tac-tac”.
Nuno hizo burbujas al compás: “¡puf, puf!”
Lalo cantó: “¡Gira, gira, gira!”
Y Tita, muy seria y muy feliz, dijo:
“Yo… también… giro.”
Giró un poquito. Un poquito más. Y su sombrero mini no se cayó. Eso fue lo mejor.
Entonces, la mariposa amarilla se posó en la hoja de Mimi. Justo en la punta. La hoja ahora tenía “adornito”.
Mimi se quedó quieta, sorprendida.
“¡Miren! ¡Mi sombrero tiene invitada!”
La mariposa abrió y cerró las alas, como saludando.
Beni levantó su zanahoria-micrófono.
“En este desfile, también caben mariposas. Y hojas. Y orejas. Y plumas. ¡Y lo que sea!”
Todos asintieron. Nadie se quedó fuera. Nadie se rió de nadie. Solo rieron juntos.
Parte 3
Cuando el sol empezó a bajar, el claro se pintó de naranja suave. El viento ya no empujaba. La hoja de Mimi descansó tranquila.
Mimi se sentó en la hierba con sus amigos. Nuno hizo una sombra fresquita con su oreja. Zara dibujó un círculo grande en el suelo para que todos se sentaran dentro. Era el “círculo de estar juntitos”.
Lalo miró a Mimi.
“Tu hoja es la más hoja”, dijo, muy serio.
Mimi se tocó el sombrero y sonrió.
“Y tu pluma es la más pluma.”
Pipo levantó su flor.
“Y mi flor es la más flor”, dijo, orgulloso.
Tita, con su hojita mini, suspiró contenta.
“Y… mi mini… es mini… pero es mío.”
Mimi se acercó y le dio un abrazo suave, sin apretar.
“Tu sombrero es perfecto, Tita.”
La mariposa se fue volando despacito. “Flap, flap.” Como diciendo adiós.
Beni anunció:
“¡Fin del desfile! Ahora, descanso.”
Todos se quedaron allí un ratito, escuchando grillitos y mirando el cielo. Mimi bostezó.
“Mi sombrero-hoja se portó muy bien”, dijo. “No se escapó. Solo quiso bailar.”
Nuno sonrió.
“Las cosas felices bailan.”
Mimi cerró los ojos un momento. Su hoja le hacía una sombrita en la frente. Se sentía calentita y segura, rodeada de amigos.
Y en la selva, esa tarde, hubo risas suaves, sombreros raros y un círculo lleno de todos.