En una montaña alta y verde, vivía un diplodocus llamado Dino. Dino era un dinosaurio muy curioso. Le encantaba explorar su hogar. Un día, mientras caminaba, vio algo brillante entre las piedras.
—¡Mira, mira! —dijo Dino, emocionado—. ¿Qué será eso?
Dino se acercó y encontró un artefacto antiguo. Era un cristal muy bonito. Brillaba con todos los colores del arcoíris.
—¡Wow! —exclamó Dino—. ¡Eres muy especial!
De repente, el cristal comenzó a brillar más. Dino se asustó un poco, pero también estaba muy intrigado. Justo en ese momento, su amigo Trico, un pequeño triceratops, llegó corriendo.
—¿Qué tienes, Dino? —preguntó Trico, mirando el cristal—. ¡Es hermoso!
—Sí, Trico, es un cristal mágico —respondió Dino—. Creo que tiene poderes.
—¿Poderes? —dijo Trico, con ojos grandes—. ¡Quiero verlo!
Dino sonrió y le mostró el cristal a Trico. Cuando Trico lo tocó, el cristal brilló aún más.
—¡Mira! —gritó Trico—. ¡Podemos hacer que crezca una flor!
Y, de repente, una hermosa flor apareció junto a ellos.
—¡Qué maravilla! —dijo Dino—. ¡Es un día mágico!
Dino y Trico rieron y jugaron con el cristal. Hicieron que brotaran flores de todos los colores.
—¡Eres el mejor amigo, Trico! —dijo Dino—. ¡Vamos a explorar más!
Y así, Dino y Trico siguieron su aventura, llenos de alegría y flores, en su montaña mágica.