En un día soleado de Pascua, un pequeño niño llamado Tomás jugaba en el jardín. "¡Huevos, huevos!", decía mientras buscaba los huevos de colores escondidos.
Tomás caminaba con cuidado, mirando cada rincón. De repente, vio un conejo blanco. "Hola, conejito", dijo Tomás.
El conejo movió sus orejas y saltó. "¡Sígueme!", parecía decir. Tomás, curioso, fue detrás del conejo.
El conejo llevó a Tomás a una puerta de madera en el jardín. La puerta era pequeña, justo del tamaño de Tomás. "¡Guau!", exclamó Tomás.
Tomás abrió la puerta y entró. ¡Era un mundo mágico! Había árboles de caramelos y flores que cantaban "¡Feliz Pascua!".
El conejo dijo, "Bienvenido, Tomás. Aquí, todos los días son Pascua." Tomás rió de alegría.
Los huevos de Pascua rodaban por el suelo. "Mira, Tomás, huevos mágicos", dijo el conejo. Cuando Tomás los tocó, se volvieron mariposas de colores.
Tomás aplaudió feliz. "Mariposas bonitas", dijo. El conejo sonrió.
Pronto, la mamá de Tomás llamó, "¡Tomás, es hora de comer!". Tomás miró al conejo. "Adiós, conejito. Nos vemos pronto", dijo.
Tomás regresó al jardín normal. "¡Mamá, vi un mundo de Pascua!", dijo emocionado.
Su mamá le sonrió, "¡Qué maravilloso, Tomás! Ahora, vamos a comer chocolate".
Tomás y su mamá se rieron. Era un día perfecto de Pascua, lleno de magia y amor.