Había una vez un estegosaurio llamado Estego. Estego vivía en una isla mágica. La isla era verde y llena de árboles grandes. "¡Hola, árboles!", decía Estego. "¡Hola, Estego!", respondían los árboles.
Un día, Estego salió a explorar. Caminó por la isla. Vio flores de muchos colores. "¡Qué bonitas son las flores!", dijo Estego. Las flores sonreían y decían: "¡Gracias, Estego!".
Mientras caminaba, Estego escuchó un ruido. "¿Qué es eso?", preguntó. Se acercó y vio a un triceratops llamado Trixie. Trixie tenía cuernos grandes y era muy amigable. "¡Hola, Estego!", dijo Trixie. "¿Quieres jugar?"
"¡Sí!", respondió Estego. Jugaron juntos en el campo. Saltaron y corrieron. "¡Esto es divertido!", gritó Trixie. "¡Sí, muy divertido!", dijo Estego.
Después, conocieron a un velociraptor llamado Rapi. Rapi era rápido y siempre sonreía. "¿Puedo jugar también?", preguntó Rapi. "¡Claro!", dijeron Estego y Trixie.
Los tres amigos jugaron todo el día. Jugaron a las escondidas entre los árboles. "¡Uno, dos, tres!", contaba Rapi. Estego se escondía detrás de un árbol grande. Trixie se escondía bajo una flor gigante.
Al caer la tarde, los amigos se sentaron juntos. "Me gusta jugar con ustedes", dijo Estego. "A mí también", dijo Trixie. "¡Sí, somos amigos!", agregó Rapi.
La luna salió y brilló en el cielo. "Es hora de ir a casa", dijo Estego. "Mañana jugaremos otra vez", prometieron los amigos. Se despidieron con una sonrisa.
Estego se fue a dormir. Soñó con flores, árboles y sus amigos. "¡Qué feliz soy!", pensó Estego. Y así, en la isla mágica, los amigos siempre jugaban y eran felices.