Tomás es un niño de un año. Le gusta jugar en el parque. Un día, él ve a una niña llamada Ana. Ana tiene un peluche. Es un conejo blanco.
—¡Hola! —dice Tomás, sonriendo.
—¡Hola! —responde Ana, agitando su mano.
Tomás mira el conejo.
—¿Puedo tocarlo? —pregunta Tomás.
—Sí, claro —dice Ana, dándole el peluche.
Tomás toca el conejo. Es suave y blando.
—¡Es bonito! —exclama Tomás.
Ana ríe.
—Sí, se llama Nube. Es mi amigo.
Tomás sonríe.
—Yo tengo un coche. ¿Quieres verlo? —pregunta.
—¡Sí! —dice Ana, emocionada.
Tomás saca su cochecito rojo. Ana lo mira con curiosidad.
—¡Es rápido! —dice Tomás, empujando el coche.
Ana aplaude.
—¡Corre, coche! —grita.
Los dos niños ríen y juegan juntos. Corren por el parque. Hacen carreras y se divierten.
—Eres mi amiga —dice Tomás.
—Sí, somos amigos —responde Ana, sonriendo.
El sol brilla y los pájaros cantan. Tomás y Ana se sienten felices.
Al final del día, Tomás dice:
—Adiós, Ana.
—Adiós, Tomás —responde Ana.
Los dos se despiden, pero saben que jugarán juntos otra vez. La amistad es bonita.