Una mañana soleada, Clara y Luna estaban en el parque. Clara tenía un vestido azul y Luna llevaba una camiseta rosa. Ellas eran muy amigas.
—¡Hola, Clara! —dijo Luna con una sonrisa grande.
—¡Hola, Luna! —respondió Clara, saltando de alegría.
Las dos niñas corrían hacia el columpio.
—¡Vamos a jugar! —gritó Luna.
—¡Sí, a volar alto! —dijo Clara.
Se turnaban en el columpio. Clara empujaba a Luna.
—¡Eres muy buena amiga! —decía Clara.
—¡Gracias, Clara! —respondía Luna, riéndose.
Después, jugaron en la arena. Hicieron un castillo.
—¡Mira, un castillo de arena! —exclamó Luna.
—¡Es hermoso! —dijo Clara.
Las dos amigas se abrazaron.
—Siempre jugaremos juntas —prometió Clara.
—Siempre, siempre —respondió Luna, sonriendo.
El sol brillaba y el parque estaba lleno de risas.
Clara y Luna sabían que la amistad es un tesoro.
Y así, jugaron, rieron y fueron muy felices.