Luz es una niña de dos años. Le encanta jugar en el parque. Un día, Luz va al parque con su mamá. Hace sol y hay muchas flores. Las flores son de colores: rojas, amarillas y azules. Luz sonríe y dice:
—¡Mira, mamá! ¡Flores bonitas!
Su mamá le responde:
—Sí, Luz. Son muy hermosas.
Luz corre hacia los columpios. Allí ve a un niño llamado Leo. Leo está sentado en un columpio. Parece un poco triste. Luz se acerca y le dice:
—Hola, Leo. ¿Por qué estás triste?
Leo responde:
—No tengo con quién jugar.
Luz piensa un momento. Luego dice:
—¡Juguemos juntos!
Leo sonríe. Está feliz. Luz se sienta en el columpio al lado de Leo. Juegan a subir y bajar. ¡Es muy divertido!
—¡Mira cómo vuelo! —grita Luz.
—¡Yo también! —grita Leo.
Después de un rato, Luz dice:
—Vamos a jugar a la pelota.
Leo dice:
—Sí, ¡me gusta la pelota!
Luz saca una pelota roja de su mochila. La lanza a Leo.
—¡Atrápala! —grita Luz.
Leo la atrapa y ríe. Luego le lanza la pelota de vuelta.
—¡Bien hecho! —dice Luz.
Así pasan la tarde, jugando y riendo. Luz y Leo se convierten en buenos amigos. Al final del día, Luz dice:
—¡Hoy fue un gran día!
Leo asiente y responde:
—Sí, ¡quiero jugar contigo otra vez!
Luz sonríe. Sabe que la amistad es especial. Es un tesoro que hay que cuidar. Con un abrazo, Luz y Leo se despiden.
—Hasta mañana, amigo —dice Luz.
—Hasta mañana —responde Leo, feliz.
Y con el corazón lleno de alegría, Luz regresa a casa.