En un día soleado, en un pequeño parque, había una niña llamada Lila. Lila tenía 18 meses y siempre sonreía. Tenía dos amigos: Tomás, un niño risueño con una gorra roja, y Sofía, una niña con trenzas y un vestido azul.
—¡Hola, Lila! —dijo Tomás, saltando de alegría.
—¡Hola, Tomás! —respondió Lila, moviendo sus manitas.
—¡Vamos a jugar! —gritó Sofía, corriendo hacia el columpio.
Los tres amigos decidieron jugar a un juego muy divertido: ¡el juego de las risas! Se sentaron en el césped y empezaron a contar chistes.
—¿Por qué el pato cruzó la calle? —preguntó Tomás.
—¿Por qué? —preguntó Lila, muy curiosa.
—¡Para decir cuac! —rió Tomás.
Lila y Sofía se rieron a carcajadas. Luego, fue el turno de Sofía.
—¿Qué hace una vaca en el espacio? —preguntó Sofía, con una gran sonrisa.
—No sé, ¿qué? —dijo Lila.
—¡Un agujero negro! —exclamó Sofía, y todos rieron aún más.
Después de muchas risas, decidieron hacer una carrera. Lila, Tomás y Sofía se alinearon.
—¡Listos, listos, ya! —gritaron juntos.
Corrieron por el parque, riendo y tropezando. Lila cayó y se rió. Tomás hizo lo mismo, y luego Sofía. Todos estaban en el suelo, riendo sin parar.
—¡Esto es muy divertido! —dijo Lila, mientras se levantaba.
—¡Sí! ¡Ríe y corre! —gritó Tomás.
Al final del día, los tres amigos se sentaron en el césped, cansados pero felices.
—¡Me encanta jugar contigo! —dijo Sofía.
—¡Y a mí! —respondió Lila.
—¡Nos vemos mañana! —dijo Tomás.
Y así, entre risas y juegos, Lila, Tomás y Sofía regresaron a casa, listos para otro día de amistad y diversión.