Érase una vez un grupo de amigos: Ana, Marta y Luis. Ana tenía una risa contagiosa, Marta siempre tenía una idea divertida y Luis, que usaba una silla de ruedas, era el más ingenioso. Un día, decidieron hacer un concurso de risas.
“¡Vamos a reírnos mucho!” dijo Ana. “¡Sí!” gritó Marta. “¡Yo tengo un chiste!” añadió Luis.
Ana y Marta se sentaron en el césped. “¿Cuál es tu chiste, Luis?” preguntaron emocionadas.
“¿Por qué el tomate se sonrojó?” dijo Luis. “¡Porque vio al pepino desnudo!”
Las tres comenzaron a reírse. “¡Jajaja! ¡Qué gracioso!” dijo Marta. “¡Más chistes, más chistes!” pidió Ana.
Luis pensó un momento. “¿Qué le dice un pez a otro pez?” preguntó. “¿Qué?” respondieron las chicas. “¡Nada!”
“¡Jajaja! ¡Eres el mejor, Luis!” gritó Ana.
Pero, de repente, un perro apareció y empezó a ladrar. “¡Guau, guau!” decía el perro. “¿Qué hace el perro?” preguntó Marta. “¡Está riendo también!” dijo Luis.
El perro se unió a su risa. “¡Vamos a jugar!” sugirió Ana. “¡Sí, a correr!” dijo Marta.
Así que, mientras Ana y Marta corrían, Luis se movía rápido en su silla. “¡Soy un cohete!” gritó. “¡Jajaja!”
Al final del día, todos estaban cansados pero felices. “¡Fue divertido!” dijo Marta. “¡Sí! ¡Amigos y risas son lo mejor!” respondió Ana.
Y así, los tres amigos aprendieron que reír juntos es la mejor aventura.