Era un día soleado en el bosque. El osito Bruno, el conejito Pipo y la ardillita Lila estaban juntos. ¡Eran grandes amigos! Bruno era fuerte, Pipo era rápido y Lila era muy, muy creativa.
—¡Vamos a jugar! —dijo Bruno, moviendo su patita.
—¿Qué jugamos? —preguntó Pipo, saltando de emoción.
—¡Construyamos una casa de hojas! —exclamó Lila, moviendo su cola.
Los tres amigos comenzaron a recoger hojas. Bruno cargaba hojas grandes. Pipo traía hojas pequeñas, saltando de aquí para allá. Lila, con su imaginación, decía:
—¡Pon aquí y allá!
Pero, ¡oh no! ¡Las hojas se volaban con el viento!
—¡Ay, no! —gritó Pipo, mientras una hoja se le caía en la cabeza.
—¡No te preocupes! —dijo Bruno, riendo. —¡Usaremos nuestras patas!
Así que Bruno, Pipo y Lila se pusieron a trabajar. Bruno sostenía las hojas con su gran cuerpo. Pipo corría para buscar más hojas. Y Lila, con su idea brillante, decía:
—¡Así, más alto!
De repente, un grupo de mariposas llegó. ¡Bailaban alrededor! Los amigos se rieron y empezaron a seguirlas. ¡Saltando y corriendo!
—¡Mira, nuestra casa! —gritó Pipo.
Y la casa de hojas se movía con el viento. ¡Era divertida!
Al final, los amigos se sentaron bajo su casa. Se reían y se abrazaban.
—¡Mejor amigos siempre! —dijeron todos juntos.
Y así, Bruno, Pipo y Lila pasaron un día lleno de risas y aventuras. ¡La amistad siempre es la mejor aventura!