En un jardín lleno de flores y con un sol brillante, estaban cuatro amiguitas: Ana, Lola, Marta y Sara. Todas llevaban gorritos de colores y tenían un balde para jugar con la arena. ¡Plaf, plaf! Hacían montañitas y caminos.
Ana miró a sus amigas y dijo: "Vamos a construir un castillo grande, grande". Todas aplaudieron, "¡Sí, sí, sí!" dijeron al unísono.
Lola empezó a hacer una torre alta, pero ¡Hop! Se cayó. Marta se rió y dijo: "No pasa nada, Lola, lo hacemos otra vez". Y juntas comenzaron de nuevo, entre risas y palmas.
De repente, Sara vio una nube que parecía un conejo. "¡Miren, miren!" señaló con su dedito. Todas miraron al cielo y se rieron. "Es un conejito saltarín", dijo Ana. "¡Salta, salta, salta!", repetían mientras jugaban.
Entonces, un pajarito pasó volando cerca de ellas y cantó "Pío, pío". Las cuatro niñas lo imitaron y comenzaron a cantar también. "Pío, pío, pío", cantaban mientras bailaban en círculo. ¡Qué divertido era!
Pasó un perrito con una pelota. "Guau, guau", ladró. "Vamos a jugar con él", dijo Lola. Corrieron hasta el perrito y le lanzaron la pelota. "¡Atrápala!", gritó Marta. El perrito saltó y atrapó la pelota con mucha gracia.
Después de jugar tanto, las niñas se sentaron en el césped. "Estoy cansada", bostezó Sara. "Yo también", dijo Ana, "pero me divertí mucho".
Las amigas se miraron y sonrieron. "Mañana jugamos otra vez", dijo Marta. Todas asintieron con entusiasmo.
Al final del día, las cuatro amiguitas descubrieron que compartir y reír juntas hacía que cualquier día fuera especial.
La amistad es el mejor juego que se puede compartir.