En un bosque verde y frondoso, había un estegosaurio llamado Esteban. Esteban tenía un lomo lleno de placas.
—¡Hola, Esteban! —dijo Pipo, el pequeño pterodáctilo—. ¿Qué haces?
—¡Hola, Pipo! —respondió Esteban—. Estoy buscando hojas ricas para comer.
—¡Yo quiero ayudarte! —exclamó Pipo, volando alto—. ¡Voy a buscar las mejores hojas!
Esteban sonrió.
—Gracias, Pipo. Eres un buen amigo.
Mientras buscaban hojas, apareció Dino, un tiranosaurio.
—¡Hola, amigos! —rugió Dino con una voz grave.
—¡Hola, Dino! —dijeron Esteban y Pipo juntos.
—¿Qué hacen? —preguntó Dino.
—Buscamos hojas deliciosas—dijo Esteban—. Son verdes y crujientes.
—¡Yo puedo ayudar! —dijo Dino, moviendo su cola—. ¡Puedo alcanzar las hojas altas!
Esteban se emocionó.
—¡Buena idea, Dino!
Dino se acercó a un árbol alto y estiró su cuello.
—¡Aquí están, amigos! —rugió al recoger las hojas.
Esteban y Pipo saltaron de alegría.
—¡Gracias, Dino! —gritó Pipo.
Juntos, disfrutaron de las hojas.
—¡Mmm, están ricas! —dijo Esteban, saboreando una hoja.
—¡Amistad y comida son lo mejor! —dijo Dino, sonriendo.
Y así, los amigos siguieron comiendo, felices en su tiempo de dinosaurios.