En un soleado día de primavera, tres amigas se encontraron en el parque. Eran Lila, la niña con el pelo rizado y colorido; Sofía, que siempre llevaba un sombrero gigante; y Ana, que usaba una pequeña silla de ruedas. ¡Eran las mejores amigas del mundo!
—¡Hola, Lila! ¡Hola, Sofía! —dijo Ana sonriendo.
—¡Hola, Ana! —respondieron Lila y Sofía a coro.
Las tres amigas decidieron jugar a hacer una gran torre de bloques. Lila puso un bloque, Sofía colocó otro, y Ana, con mucho cuidado, añadió uno más. Pero, ¡oh no! La torre se cayó.
—¡Plop! —hizo el sonido de los bloques al caer.
—¡Ups! —dijo Lila riendo. —¡Vamos a hacerlo de nuevo!
—Sí, ¡pero más despacio! —sugirió Sofía con su sombrero moviéndose.
Así que las amigas intentaron otra vez. Pero esta vez, mientras construían, un pequeño perro apareció y comenzó a jugar con los bloques.
—¡Mira, un perrito! —exclamó Ana.
—¡Es un ladrón de bloques! —rió Lila.
Las amigas comenzaron a correr detrás del perro. ¡Era tan divertido! Sofía se reía y decía: —¡Atrápalo, Ana! ¡Tú puedes!
Finalmente, el perro se detuvo y dejó caer un bloque. Ana, emocionada, lo recogió.
—¡Lo tenemos! —gritó Lila.
—¡Sí! ¡Nuestra torre va a ser gigante! —dijo Sofía.
Así que juntas, con el bloque del perrito, construyeron su torre. ¡Era más alta que nunca! Las tres amigas aplaudieron y se abrazaron.
—¡Qué divertido! —dijo Ana.
—¡Gracias, perrito! —gritaron las chicas riendo.
Y así, en un día lleno de risas y amistad, las tres amigas aprendieron que juntos podían resolver cualquier problema y siempre se divertirían. ¡Y con un perro ladrón de bloques, todo era posible! ¡Fin!