En un parque soleado, un niño pequeño llamado Lucas jugaba con su pelota. Lucas era muy feliz. Tenía una sonrisa brillante y le gustaba correr y reír. “¡Mira mi pelota!” decía Lucas, mientras la lanzaba al aire.
Un día, mientras Lucas jugaba, conoció a una niña llamada Sara. Sara era nueva en el parque. Tenía cabellos rizados y unos ojos llenos de alegría. “¡Hola!” dijo ella. “¿Puedo jugar contigo?”
“¡Sí, claro!” respondió Lucas. Ambos empezaron a jugar con la pelota. La lanzaban y corrían. Lucas decía: “¡Toma la pelota, Sara!” Y Sara respondía: “¡Gracias, Lucas!”
Mientras jugaban, se dieron cuenta de que Sara tenía una muñeca. “¿Puedo jugar con tu muñeca?” preguntó Lucas. “Sí, claro, es muy bonita”, contestó Sara. Juntos, jugaron con la muñeca y la pelota. Rieron y se divirtieron mucho.
Al final del día, Lucas y Sara se sentaron en la hierba. “Eres mi amiga,” dijo Lucas. “Y tú eres mi amigo,” respondió Sara. Ambos sonrieron y se dieron un abrazo.
Lucas aprendió que tener amigos es especial, aunque sean diferentes. “¡La amistad es un tesoro!” exclamó. Y así, en el parque soleado, Lucas y Sara disfrutaron de su nueva amistad, llena de risas y juegos.