Era un día soleado. La pequeña Sofía, de 18 meses, estaba muy emocionada. ¡Era Pascua! Sofía miraba por la ventana.
—¡Mira, mamá! —gritó Sofía—. ¡Huevos de colores!
Su mamá sonrió.
—Sí, Sofía. En Pascua, los huevos son mágicos.
Sofía se rió.
—¿Mágicos? ¿Cómo?
—Los huevos pueden volar —dijo su mamá con una risa—. ¡Vamos a buscar!
Sofía salió al jardín. Allí estaba su amigo, el conejito Pepito.
—¡Hola, Sofía! —dijo Pepito—. ¡Estoy buscando huevos!
—¿Huevos? —preguntó Sofía, curiosa.
—Sí, huevos de Pascua. Son deliciosos y están escondidos —dijo Pepito, moviendo sus orejas.
Sofía se emocionó.
—¡Vamos a buscar!
Pepito y Sofía empezaron a mirar. Sofía encontró un huevo azul.
—¡Mira, Pepito! —gritó.
—¡Muy bien, Sofía! —respondió Pepito—. ¡Eres una gran buscadora!
Sofía siguió buscando. Encontró un huevo rojo detrás de un árbol.
—¡Otro! —dijo, saltando de alegría.
—Sí, ¡bravo! —aplaudió Pepito—. ¡Eres la mejor!
Sofía sonrió.
—¿Dónde están los huevos en el mundo?
—En muchos lugares —dijo Pepito—. En México, la gente hace fiestas. En España, hay procesiones. ¡Y en otros países, hay juegos!
Sofía aplaudió.
—¡Quiero ver todo eso!
—¡Y lo verás! —dijo Pepito—. ¡Vamos a celebrar!
Sofía y Pepito siguieron buscando huevos. ¡Fue un día lleno de risas y sorpresas!