Era un día soleado en el parque. Juanito, un niño de 18 meses, jugaba con su pelota roja. La pelota era brillante y saltarina. "¡Bola, bola!" decía Juanito, riendo.
De repente, su amigo Tito llegó. Tito era un perrito pequeño y peludo. "¡Guau, guau!" ladró Tito, moviendo su cola. Juanito sonrió. "¡Hola, Tito!" dijo.
Juanito y Tito jugaron juntos. Juanito lanzaba la pelota. Tito corría rápido. "¡Ven, Tito! ¡Atrapa!" gritó Juanito. Tito saltó y atrapó la pelota. "¡Bravo, Tito!" aplaudió Juanito.
Pero un momento, la pelota se fue muy lejos. "¡Oh no!" dijo Juanito. Tito corrió detrás de la pelota. Pero, ¡ay! Tito la rompió sin querer. "¡Guau!" ladró Tito, asustado.
Juanito miró la pelota rota. "No, Tito, no llores," dijo Juanito. "No pasa nada." Juanito abrazó a Tito. "La pelota se puede arreglar. Somos amigos."
Tito movió su cola. "¡Guau!" dijo feliz. "Eres un buen amigo, Juanito." Juanito sonrió. "Sí, Tito. Los amigos se cuidan."
Entonces, Juanito y Tito recogieron los pedazos de la pelota. "¡Vamos a hacer una nueva!" dijo Juanito. Juntos, usaron papel y pegamento. "¡Mira, Tito! ¡Una pelota nueva!" gritó Juanito.
Tito ladró de alegría. "¡Guau, guau!" saltó. Juanito y Tito jugaron otra vez. "¡Bola, bola!" reía Juanito. "¡Atrapa, Tito!"
El día terminó con risas y juegos. Juanito aprendió que los amigos siempre se ayudan. "¡Te quiero, Tito!" dijo Juanito. "¡Yo también, Juanito!" respondió Tito.
Juanito y Tito se fueron a casa, felices. La amistad es un tesoro.