Era un día soleado. Los amigos, Pablo, Lucas y Ana, estaban en el jardín. ¡Era tiempo de Pascua!
—¡Vamos a decorar huevos! —dijo Pablo, sonriendo.
—¡Sí! —gritaron Lucas y Ana.
Los tres amigos encontraron huevos vacíos. Eran blancos y suaves. Pablo dijo:
—Vamos a pintarlos de colores.
Lucas trajo pinturas. Ana trajo pinceles. Ellos comenzaron a pintar.
—Yo quiero un huevo azul —dijo Lucas.
—Yo quiero un huevo rojo —dijo Ana.
Pablo eligió un huevo amarillo.
—¡Mira! —gritó Ana—. ¡Es un arcoíris!
Los huevos estaban llenos de colores. Pero también querían sorpresa.
—¿Qué hay dentro? —preguntó Pablo.
—¡Chocolate! —gritaron todos juntos.
Decidieron hacer un huevo especial. Pablo dijo:
—¡Vamos a poner chocolate dentro!
Fueron a la cocina. Con cuidado, derritieron chocolate. Hicieron un hueco en un huevo.
—¡Es mágico! —dijo Ana—. ¡Es un huevo de chocolate!
Volvieron al jardín. Decoraron el huevo con chocolate.
—¡Es el mejor huevo de Pascua! —dijo Lucas.
Los amigos rieron y celebraron. Luego, escondieron el huevo.
—¡Sorpresa! —gritaron al mismo tiempo.
Llegaron sus familias. Todos buscaron el huevo de chocolate. Cuando lo encontraron, hubo risas y abrazos.
—¡Gracias, amigos! —dijo mamá.
La Pascua fue divertida. Hicieron nuevos amigos. Comieron chocolate.
—¡Hasta la próxima Pascua! —dijeron los amigos, sonriendo.
Y así, con risas y chocolate, terminaron su día de Pascua.