En un día soleado, un niño llamado Pablo tenía un plan. "¡Voy a jugar con mis amigos!", dijo Pablo con una gran sonrisa. Pablo tenía dos amigos: Lía y Tito. Lía era una niña muy risueña, siempre reía y hacía reír a todos. Tito era un niño travieso, siempre inventando cosas locas.
Pablo, Lía y Tito se encontraron en el parque. "¡Hola, amigos!", gritó Pablo. "¡Hola, Pablo!", respondieron Lía y Tito al unísono. "¿Qué vamos a hacer hoy?", preguntó Lía. "¡Vamos a jugar a las escondidas!", dijo Tito emocionado.
Los tres amigos decidieron que Tito contaría primero. "Uno, dos, tres... ¡Listos o no, allá voy!", dijo Tito mientras cubría sus ojos. Pablo y Lía corrieron a esconderse. Pablo se escondió detrás de un gran árbol. Lía se escondió detrás de un banco.
Pero, ¡oh no! Lía se asomó y ¡se cayó! "¡Ay, ay, ay!", gritó Lía riendo. Pablo salió de su escondite. "¿Estás bien, Lía?", preguntó preocupado. "Sí, estoy bien, pero me he caído como un pato!", respondió Lía riendo a carcajadas.
Tito llegó y preguntó: "¿Qué pasó?". "¡Lía se cayó como un pato!", dijo Pablo riendo. Tito también se rió. "¡Vamos a hacer una carrera de patos!", sugirió Tito.
Así que los tres amigos comenzaron a correr como patos, moviendo los brazos y haciendo sonidos graciosos. "¡Cuac, cuac!", decían mientras corrían. Se reían tanto que casi no podían parar.
Al final del día, los tres amigos estaban cansados pero felices. "¡Qué divertido fue jugar juntos!", dijo Lía. "Sí, somos los mejores amigos", dijo Pablo. "¡Y los mejores patos!", añadió Tito riendo.
Los amigos se despidieron, prometiendo jugar de nuevo al día siguiente. "¡Hasta mañana, amigos!", gritaron juntos. Y así, con risas y alegría, se fueron a casa, listos para otra aventura.