Lola y sus amigos estaban en el parque. Lola tiene tres años y un moño muy gracioso. A su lado está Nico, que siempre lleva un sombrero gigante. También está Ana, que ríe como un pajarito. Y por último, Tomás, que tiene gafas que le hacen los ojos grandes como platos.
"Lola, ¿jugamos a saltar?", dice Nico.
"¡Sí, sí!", responde Lola.
Entonces, todos empiezan a saltar. ¡Salto aquí, salto allá! Pero Nico salta tan alto que su sombrero se vuela y cae sobre la cabeza de Ana.
"¡Ahora soy la señorita Sombrero!", dice Ana, y todos ríen.
"Chicos, construyamos una torre de bloques", sugiere Tomás.
Los amigos comienzan a apilar bloques. Uno arriba del otro. La torre crece y crece. Cuando están a punto de poner el último bloque, Tomás estornuda, ¡achís! La torre cae, ¡pluf!
"¡Otra vez!", grita Lola, y vuelven a empezar, riéndose.
"¡Tengo una idea!", dice Ana. "Vamos a hacer un tren."
Lola es la locomotora, y todos los demás se agarran de su vestido. "¡Chuuu chuuu!", hacen al andar. Pasean por el parque, zigzagueando.
"¡Vamos más rápido!", dice Nico, y la risa estalla de nuevo, porque terminan todos en el suelo, riendo y riendo.
Cuando el sol empieza a esconderse, los amigos deciden descansar bajo un árbol.
"Hoy fue muy divertido", dice Lola.
"Sí, me encanta jugar con vosotros", dice Nico.
"¡Somos los mejores!", exclama Tomás, y todos hacen "¡síííí!" al unísono.
Lola mira a sus amigos y sonríe. "¡Mañana, más aventuras!"
Y todos sonríen, contentos de seguir siendo amigos. Juntos, siempre tienen las mejores risas y los más divertidos juegos.