—¡Hola, Leo! —dijo su amigo Tomás, saltando de alegría.
—¡Hola, Tomás! —respondió Leo, riendo.
Un día, Leo y Tomás querían jugar. Pero, ¡oh no! No tenían juguetes.
—¿Y si hacemos un juego? —sugirió Tomás.
—¡Sí! —gritó Leo, emocionado.
Tomás miró a su alrededor. Vio una caja vacía.
—¡Mira, una caja! —dijo Tomás.
—¡Genial! —respondió Leo, saltando.
Tomás se metió en la caja.
—¡Soy un barco! —gritó.
Leo rió mucho.
—¡Navegamos por el mar! —dijo Leo, haciendo olas con sus brazos.
De repente, Tomás hizo un ruido raro.
—¡Glup, glup! —hizo Tomás.
—¿Qué te pasa? —preguntó Leo, riendo.
—¡Me estoy hundiendo! —dijo Tomás, riendo también.
Los dos rieron y rieron.
—Eres un capitán muy divertido, Tomás. —dijo Leo.
—Y tú, mi mejor amigo. —respondió Tomás.
Y así, jugaron todo el día, felices y riendo juntos. ¡Qué gran aventura!