Parte 1. Un día de sol en el parque
Martín tenía tres años y le gustaba mucho ir al parque con su mamá. El parque estaba cerca de su casa y tenía columpios, toboganes y muchos árboles grandes. Esa mañana, el sol brillaba y el cielo era azul, sin nubes. Martín llevaba su camiseta favorita con rayas de colores y unos zapatos azules muy cómodos para correr.
Cuando Martín llegó al parque, vio a muchos niños jugando. Algunos corrían, otros subían y bajaban por el tobogán, y otros jugaban con la arena. Martín se acercó al arenero y se sentó con su cubo y su pala roja. Miró a su alrededor y vio a una niña que también tenía una pala. Era una pala verde. La niña lo miró y sonrió.
Martín pensó: “¿Cómo se hace un amigo?” Recordó que su mamá siempre decía: “Solo tienes que saludar y compartir.” Así que Martín sonrió y dijo: “Hola. ¿Quieres jugar conmigo?”
La niña dijo: “Sí. Yo soy Sofía. ¿Cómo te llamas?”
“Me llamo Martín”, respondió él. “¿Te gusta hacer castillos de arena?”
Sofía asintió y juntos empezaron a llenar los cubos de arena. Martín puso su cubo al lado del de Sofía y los dos apretaron la arena con sus manos pequeñas. Entre risas, construyeron un castillo grande y pusieron una ramita como bandera en la torre más alta. Cada vez que la torre se caía, Sofía decía: “No pasa nada, lo hacemos otra vez.” Martín se sentía contento porque Sofía era amable y paciente.
Parte 2. Compartir y ayudar
Mientras jugaban, un perrito pequeño se acercó y olfateó el castillo. Martín se asustó un poco, pero Sofía le tomó la mano y dijo: “Tranquilo, solo quiere mirar.” El perrito movió la cola y se fue corriendo detrás de una mariposa.
Martín y Sofía siguieron jugando. De repente, el cubo de Sofía se rompió. Ella miró su cubo y se puso un poco triste. Martín pensó en lo que podía hacer. Miró su propio cubo rojo y se lo dio a Sofía. “Toma, usa el mío. Yo puedo cavar con mis manos”, dijo Martín.
Sofía sonrió y le dio las gracias. “Gracias, Martín. Eres un buen amigo.” Juntos siguieron construyendo, ahora con el cubo rojo y las manos. Descubrieron que podían hacer montañas y caminos para coches pequeños. Martín se sentía muy feliz de compartir y ayudar.
Cuando llegó la hora de la merienda, la mamá de Sofía sacó dos galletas. Sofía le dio una galleta a Martín y dijo: “Una para ti, una para mí.” Los dos se sentaron bajo un árbol y comieron despacio, mirando cómo el sol hacía brillar la arena.
Parte 3. Decir “hasta pronto”
Después de la merienda, la mamá de Martín dijo: “Martín, es hora de ir a casa.” Martín sintió un poquito de tristeza porque se divertía mucho con Sofía. Miró a su nueva amiga y le dijo: “Tengo que irme. ¿Nos vemos otro día?”
Sofía asintió y le dio un abrazo suave. “Sí, Martín. Jugaremos otra vez. Hasta pronto.” Martín se sintió mejor. Sabía que “hasta pronto” era una forma bonita de decir adiós, porque pronto volverían a jugar juntos.
Martín le sonrió a Sofía, agitó la mano y caminó con su mamá. Mientras salían del parque, Martín miró atrás y vio a Sofía sonriéndole. Sentía calorcito en el corazón. Había aprendido que hacer amigos es bonito, que compartir hace feliz y que decir “hasta pronto” es una promesa alegre.
Esa noche, al irse a dormir, Martín pensó en su día. Recordó la sonrisa de Sofía, el castillo de arena y el abrazo suave. Cerró los ojos con una sonrisa, pensando en la próxima vez que volvería al parque, listo para jugar, compartir y decir “hola” a los nuevos amigos.
Así, Martín aprendió que la amistad se cuida con pequeños gestos y palabras bonitas, y que siempre hay un “hasta pronto” para volver a jugar y estar juntos.