Ana, Lía y Sofía tienen cuatro años. Son amigas. Juegan juntas cada tarde en el jardín de la casa de Ana. El jardín huele a tierra mojada y a flores. Hay una manta azul en el césped. Hay una caja con pinceles, papel y cintas de colores.
Un día, las tres quieren ser princesas. Cortan papel, pintan estrellas y hacen una corona para cada una. Ana pega una estrella grande en su corona. Lía dibuja corazones. Sofía cuelga una cinta que brilla.
Las coronas son brillantes y felices. Las niñas se ríen. Saltan en la manta. Juegan a dar paseos por un bosque imaginario. La abuela de Ana las mira y sonríe.
De pronto, una mariposa entra en el jardín. Sofía quiere verla de cerca. Corre sin mirar. Tropieza y su rodilla se ensucia. Lía suelta la corona para ayudarla. La corona de Ana cae al suelo. Una esquina se rompe.
Ana mira su corona. Su cara se pone seria. Sus manos se aprietan. Ana siente rabia. Lía se siente triste porque quería ayudar. Sofía llora porque se hizo un raspón. Las tres sienten algo grande en el pecho.
Lía dice, "Yo no quise." Ana responde con voz pequeña, "Mi corona." Sofía dice entre sollozos, "Lo siento. Me caí." Las palabras son flojas y fuertes a la vez.
La abuela se acerca. Se sienta con ellas en la manta azul. Los tres juguetes miran. La abuela dice con voz suave, "Respiren. Contemos hasta tres." Respiran. Uno. Dos. Tres. Todo es más tranquilo.
La abuela les explica que a veces pasa. Que las manos quieren ayudar y los pies se apuran. Que los sentimientos vienen como olas. Que es bueno decir lo que se siente y escuchar.
Ana dice, "Me duele." Lía dice, "Me asusté." Sofía dice, "Lo siento mucho." La abuela les toma las manos. "Decir lo siento ayuda," dice. "Y perdonar hace que el corazón sea ligero."
Lía mira la corona rota. Sus ojos brillan. Coge una tira de cinta. "Puedo arreglarla," dice. Sofía busca pegamento y trae una flor pequeña. Ana observa. Sus labios se curvan en un soplo. "¿Podemos arreglarla juntas?" pregunta Ana.
Las tres se sientan otra vez. Pegan la esquina con cuidado. Ponen la flor. Añaden más cintas. Cavan risas suaves. El pegamento se seca. Cada una hace un dibujo en la corona. Ana dibuja una luna pequeña. Lía pone tres puntos azules. Sofía dibuja una sonrisita.
Mientras arreglan, hablan de sus sentimientos. "Cuando mi corona se rompió, me sentí triste," dice Ana. "Yo sentí miedo y corrí," dice Sofía. "Yo quise ayudar," dice Lía. Escuchan. Se acarician el brazo. Se dan espacio. Se dan abrazos.
Al final, la corona no es igual que antes. Es más colorida. Tiene cintas nuevas y una flor. Tiene pequeñas huellas de sus dedos. Las niñas miran su trabajo. Sus pechos se llenan de alegría.
La abuela aplaude suavemente. "Miren lo que hicieron juntas," dice. "Arreglar algo puede ser un juego de cariño." Las niñas se miran y ríen. Se aprietan las manos y corren al columpio.
Antes de irse a casa, hacen una promesa simple. "Si uno se cae, nos ayudamos." "Si algo se rompe, lo arreglamos." "Si alguien está triste, la escuchamos." Se abrazan con fuerza. Sus abrazos son tibios y largos.
Esa noche, en la cama, Ana piensa en la corona con su flor. Lía se duerme recordando las risas. Sofía sueña que la mariposa las lleva en vuelo. Cada una escucha la respiración de la otra como un cuento.
La abuela coloca la corona en la repisa. La corona brilla con las luces de la casa. No es perfecta. Es querida.
En el jardín, las tres aprendieron a decir lo que sienten. Aprendieron a pedir perdón. Aprendieron a perdonar. Aprendieron a cocinar cariño con tijeras, pegamento y abrazos.
Cuando se despiertan al día siguiente, se saludan con un beso en la mejilla. Juegan. Recuerdan la promesa. La amistad crece como una planta que cuidan juntas, gota a gota, día a día.
Y así, Ana, Lía y Sofía saben que los errores no rompen una amistad. Los arreglos la fortalecen. Y al final del día todo está en calma, todo es amor, y todas duermen con una sonrisa.